Majestuoso testimonio de un poder agostado

Majestuoso testimonio de un poder agostado

jueves, 22 de agosto de 2013

Enterradores de una primavera

 

 

La impotencia de Occidente es no poder imponer la democracia por falta de demócratas.


 



El miércoles pasado no solo El Cairo explotaba en una orgía de represión contra los islamistas que exigían la reposición del presidente Morsi, sino que Bagdad, Beirut y Damasco eran escenario de centenares de muertes por terrorismo, guerra o enfrentamientos civiles. Y el escritor libanés Rami G. Khoury (Agence Global) se preguntaba dramáticamente por qué el mundo árabe-musulmán parecía incapaz de encontrar un camino viable y pacífico hacia la modernidad democrática. 
Cuando cae Bagdad, la capital del imperio, mediado el siglo XIII, la arabidad, elevada al primer plano de la historia por la prédica de Mahoma y califas sucesores, se acomoda dentro de otro imperio, el otomano, que no es árabe, pero sí musulmán. La comunidad árabe custodia los Santos Lugares; su lengua, que ha expresado el mensaje de la divinidad, es sagrada; y sus notables ostentan altas posiciones en la conducción del Estado. Pero como consecuencia de la Gran Guerra desaparece también el imperio otomano, con lo que llega la hora de Francia y Gran Bretaña que, entonces o anticipándose a la caída de Estambul, reducen a dominación colonial el espacio árabe-islámico desde Marruecos a Irak, con la dudosa supervivencia de Arabia Saudí, que nunca deja de ser teóricamente independiente. 
El analista francés Sami Naïr sostiene que esas tierras fueron colonizadas porque estaban “preparadas” para ello, carentes de una narrativa sobre sí mismas más allá de la unidad del mundo árabe, que choca con el mensaje nacional-estatista, finalmente vencedor como factor disgregador de la comunidad.
Y la colonización europea refuerza aun más esa superficialidad modernizadora. Una ínfima minoría acepta los valores democráticos occidentales, e incluso a la hora de las independencias en los últimos años cincuenta y primeros sesenta, Occidente se congratula de que un “laico” como Habib Burguiba sea el primer presidente de Túnez independiente, que otorga el estatuto más avanzado del mundo árabe a la mujer, sin que eso le impulse a ser menos autócrata que el resto de sus pares en el poder. 
Es lo que el autor, también libanés, Ghassam Salamé ha llamado un mundo sin demócratas. Y esa situación deja vía libre en el pueblo llano a la exaltación de un Islam popular, reivindicativo, de recuperación idealizada de unos orígenes, de la que se hace intérprete la Hermandad Musulmana fundada en Egipto, en 1928. En el caso cairota, el experto español Javier Martín ha subrayado que los manifestantes de febrero de 2011, sobre los que se apoyó el Ejército para derrocar a Mubarak, protestaban mucho más contra la corrupción que clamaban democracia.
En las elecciones presidenciales egipcias votó alrededor de la mitad del electorado, repartido en proporciones casi idénticas entre el islamismo y sus oponentes, estos últimos una coalición de facto de anti-islamistas y residuos del antiguo régimen, y así es como sale elegido un presidente casi accidental, Mohamed Morsi, porque la Hermandad para no preocupar, renunciaba a promover a alguno de sus mejores candidatos. 
Después de la represión nasserista en los años cincuenta y sesenta, bajo los sucesores del coronel nacionalista, Sadat y Mubarak, la organización está a saltos tolerada o proscrita, y en ese tiempo desarrolla una teoría democrático-electoral, sobre todo porque comprende que era la vía más segura al poder. Pero lo cierto es que demócratas no podía haber demasiados en ninguno de los dos bandos, hasta que el Ejército el pasado 3 de julio, temiendo que Morsi, embriagado de presidencia, atentase contra su posición de privilegio, depone al líder islamista y habla de democracia mientras reprime a sangre y fuego la protesta en la calle.
Ante todo ello Occidente muestra su impotencia. El presidente Obama llama “intervención militar” al golpe porque si empleara ese último término, por ley tendría que suspender la ayuda anual de 1.300 millones de dólares, una interesada dádiva con la que compra la paz entre Egipto e Israel. Pero hay que preguntarse ¿qué podía hacer EE.UU? ¿Imponer qué?; ¿una democracia sin demócratas que nunca sería tan hospitalaria con el estado judío como los militares paniaguados? La impotencia de EE UU es real, no un defecto de fabricación de Obama.
¿Puede Egipto convertirse en una segunda Argelia hasta sumirse en una guerra entre Ejército y terror? La inauspiciosa geografía egipcia de río y llanura lo pone difícil. Pero la batalla por una primavera que se dice enterrada, como tantos quisieran porque reafirma su creencia de que el árabe no tiene remedio, va, contrariamente, para largo. En Egipto ha habido elecciones democráticas, aunque no satisfaga el vencedor. La partida apenas ha comenzado. 

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