Majestuoso testimonio de un poder agostado

Majestuoso testimonio de un poder agostado

viernes, 7 de octubre de 2011

Confronting the Malefactors


OP-ED COLUMNIST
 
By PAUL KRUGMAN
 
There’s something happening here. What it is ain’t exactly clear, but we may, at long last, be seeing the rise of a popular movement that, unlike the Tea Party, is angry at the right people.

When the Occupy Wall Street protests began three weeks ago, most news organizations were derisive if they deigned to mention the events at all. For example, nine days into the protests, National Public Radio had provided no coverage whatsoever.
It is, therefore, a testament to the passion of those involved that the protests not only continued but grew, eventually becoming too big to ignore. With unions and a growing number of Democrats now expressing at least qualified support for the protesters, Occupy Wall Street is starting to look like an important event that might even eventually be seen as a turning point.
What can we say about the protests? First things first: The protesters’ indictment of Wall Street as a destructive force, economically and politically, is completely right.
A weary cynicism, a belief that justice will never get served, has taken over much of our political debate — and, yes, I myself have sometimes succumbed. In the process, it has been easy to forget just how outrageous the story of our economic woes really is. So, in case you’ve forgotten, it was a play in three acts.
In the first act, bankers took advantage of deregulation to run wild (and pay themselves princely sums), inflating huge bubbles through reckless lending. In the second act, the bubbles burst — but bankers were bailed out by taxpayers, with remarkably few strings attached, even as ordinary workers continued to suffer the consequences of the bankers’ sins. And, in the third act, bankers showed their gratitude by turning on the people who had saved them, throwing their support — and the wealth they still possessed thanks to the bailouts — behind politicians who promised to keep their taxes low and dismantle the mild regulations erected in the aftermath of the crisis.
Given this history, how can you not applaud the protesters for finally taking a stand?
Now, it’s true that some of the protesters are oddly dressed or have silly-sounding slogans, which is inevitable given the open character of the events. But so what? I, at least, am a lot more offended by the sight of exquisitely tailored plutocrats, who owe their continued wealth to government guarantees, whining that President Obama has said mean things about them than I am by the sight of ragtag young people denouncing consumerism.
Bear in mind, too, that experience has made it painfully clear that men in suits not only don’t have any monopoly on wisdom, they have very little wisdom to offer. When talking heads on, say, CNBC mock the protesters as unserious, remember how many serious people assured us that there was no housing bubble, that Alan Greenspan was an oracle and that budget deficits would send interest rates soaring.
A better critique of the protests is the absence of specific policy demands. It would probably be helpful if protesters could agree on at least a few main policy changes they would like to see enacted. But we shouldn’t make too much of the lack of specifics. It’s clear what kinds of things the Occupy Wall Street demonstrators want, and it’s really the job of policy intellectuals and politicians to fill in the details.
Rich Yeselson, a veteran organizer and historian of social movements, has suggested that debt relief for working Americans become a central plank of the protests. I’ll second that, because such relief, in addition to serving economic justice, could do a lot to help the economy recover. I’d suggest that protesters also demand infrastructure investment — not more tax cuts — to help create jobs. Neither proposal is going to become law in the current political climate, but the whole point of the protests is to change that political climate.
And there are real political opportunities here. Not, of course, for today’s Republicans, who instinctively side with those Theodore Roosevelt-dubbed “malefactors of great wealth.” Mitt Romney, for example — who, by the way, probably pays less of his income in taxes than many middle-class Americans — was quick to condemn the protests as “class warfare.”
But Democrats are being given what amounts to a second chance. The Obama administration squandered a lot of potential good will early on by adopting banker-friendly policies that failed to deliver economic recovery even as bankers repaid the favor by turning on the president. Now, however, Mr. Obama’s party has a chance for a do-over. All it has to do is take these protests as seriously as they deserve to be taken.
And if the protests goad some politicians into doing what they should have been doing all along, Occupy Wall Street will have been a smashing success.

Obama: "Las manifestaciones en Wall Street reflejan la frustración del pueblo"

LOS INDIGNADOS EN EE UU


El presidente de EEUU cree que los manifestantes de Wall Street protestan contra quienes se oponen a sus reformas para frenar las prácticas abusivas.

Los indignados entran en el debate político estadounidense.

El vicepresidente Biden cree que las protestas "tienen mucho en común con el Tea Party".

Barack Obama dijo este jueves, en su primera alusión a las protestas organizadas bajo el emblema de Ocupar Wall Street, que ese movimiento “refleja la frustración” del pueblo norteamericano por la peor crisis económica desde la Gran Depresión. Con esta declaración, el fenómeno que empezó como una expresión marginal y que nunca ha generado movilizaciones significativas, entra en el centro del debate político en Estados Unidos en un momento histórico en que la confusión ideológica y la decepción con el sistema prenden aquí como lo han hecho en otras partes del mundo.
Las personas que respaldan Ocupar Wall Street “dan voz a una frustración de más amplio espectro sobre el funcionamiento de nuestro sistema financiero”, dijo el presidente en una conferencia de prensa. Obama no profundizó más sobre el alcance político o las consecuencias de ese movimiento, pero el vicepresidente, Joe Biden, en una entrevista concedida también este jueves, precisó que las protestas iniciadas en la calles de Nueva York “tienen mucho en común con el Tea Party”.
El movimiento Occupy Wall Street pone a prueba su fuerza con la manifestación de este miércoles

Ambos movimientos nacen de las quejas populares por los orígenes y los efectos de la crisis económica, y aunque uno está apoyado por la izquierda y otro por la derecha, los dos dicen hablar por los ciudadanos sencillos que no se sienten adecuadamente representados en las actuales instituciones democráticas. Occupy Wall Street pide atención para “el 99% de los norteamericanos a los que no escucha”; el Tea Party reclama “devolver el poder al pueblo”. Occupy Wall Street denuncia la codicia e inmoralidad de los banqueros. El Tea Party, como recordó ayer Biden, nació en 2009 como protesta por el plan de rescate del sistema bancario, que costó más de 700.000 millones de dólares.
La persistencia de la crisis que empezó en 2008 y sigue provocando hoy una raquítico crecimiento económico y un desempleo del 9% es una razón muy justificada para cualquier aventura política. El Tea Party lo fue en sus inicios: una cándida protesta de jubilados y amas de casa que creían necesario defender valores perdidos –en ese caso valores religiosos y tradicionales- en el afán pecaminoso por el dinero. Pero pronto se convirtió en un excelente instrumento de movilizar el voto de derechas contra Barack Obama, a lo que ayudó la extensa cobertura de Fox News.

Apoyo de los sindicatos

Occupy Wall Street era también hasta el miércoles una manifestación espontánea de queja, igualmente interesada en la defensa de valores perdidos –en ese caso viejas aspiraciones hippies de solidaridad y humanidad- y que en su propia marginalidad encerraba su pureza. El miércoles se le unieron los sindicatos y gracias a eso consiguieron, por primera vez, reunir unos pocos miles de personas. Pero ese apoyo es un arma de doble filo. Pocas organizaciones en EE UU hay más institucionalizadas y corruptas que los sindicatos. Son, sin duda, un gran aliado en la agitación y la movilización del voto para los demócratas, pero su pureza reivindicativa se perdió décadas atrás. Son, exclusivamente, una parte del aparato político de la izquierda.
Eso no le resta legitimidad al movimiento Occupy Wall Street, algunos de cuyos portavoces han asegurado que no se dejarán gobernar ni intimidar por los sindicatos. Pero sí condiciona su desarrollo. Por sí solo, el movimiento, aunque extendido, tenía muy difícil futuro. El miércoles, la manifestación de apoyo en Washington reunió a “entre 50 y 70 personas”, según los organizadores. El jueves esa cifra ascendió a unos centenares, dentro de dos convocatorias separadas cuyos promotores no sabían aún si unirse. Sin embargo, como parte de una misión para devolverle la moral a la izquierda y favorecer su asistencia a las urnas, sí puede cumplir un papel de cierta importancia. Es decir, como un instrumento de contrapeso de izquierdas al Tea Party, Occupy Wall Street puede ser útil; como el romántico movimiento revolucionario inspirado en la primavera árabe, que es como lo presentan algunos de sus defensores, su horizonte es bastante limitado.
En la causa de la movilización del voto progresista está el propio Obama, y de ahí sus palabras comprensivas hacia los que protestan contra el sistema. El presidente advirtió que EE UU se enfrenta a una seria amenaza si no se actúa urgentemente para combatir el paro. “Podemos acabar con problemas significativamente mayores de los que tenemos ahora”, dijo.
Después de dos años de cortejar a los republicanos en busca de proyectos consensuados, el presidente ha decidido, ante la proximidad de la campaña electoral y su mala posición en las encuestas, recuperar su apoyo entre los demócratas, de los que reconoció que estaban “frustrados”, y movilizar el voto progresista.
Obama expresó sus simpatías por una propuesta presentada por los demócratas en el Congreso para cargar un suplemento del 5% en los impuestos que pagan las personas que ingresan por encima de un millón de dólares anuales. Se la trata de la concreción de la “tasa Buffet” que la Casa Blanca había anunciado para aumentar la presión fiscal sobre los ricos. El presidente dijo que ese impuesto “no es resucitar la lucha de clases” sino la única forma de poder ayudar a las clases medias. El presidente de la Cámara de Representantes, John Boehner, dijo que esta conferencia de prensa era “la prueba de que Obama ha decidido dejar de gobernar para hacer campaña”.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Medios, fines y comunicación


Daniel Mundo vuelve sobre una reflexión casi eterna: medios y fines. En este caso, referida a la comunicación moderna y la posibilidad de rediscutir sobre sus sentidos.
Por Daniel Mundo *

1. Uno de los mitos fundacionales de la época moderna, fortalecido en la contemporaneidad, representa a los medios de comunicación como una especie de arco de la libertad, una puerta aureolada de bondad y armonía, pues la comunicación supondría la capacidad de los interlocutores para superar los conflictos y cimentar el consenso. Los mass media forman parte del mismo organismo que las libertades de pensamiento, de opinión y de circulación.
Los medios, a su vez, vienen atornillados a los aparatos técnicos: a fines del siglo XVIII, cuando existía una prensa escrita en estado rudimentario, se inventó el telégrafo –que servía para comunicar el frente de batalla con el poder central del ejército de Napoleón; la tecnocomunicación, un pariente cercano de los proyectos bélicos–. También al ferrocarril se lo llamó medio de comunicación: el teléfono, el automóvil, el cine, la radio, la televisión, y ahora Internet, el celular, el ipod y el twitter (mañana, la nave espacial, el aeroauto y la teletransportación virtual) constituyen todos medios de comunicación. ¡Cuánto nos complacía imaginarnos instalados en la “sociedad de la comunicación”!
Lo paradójico de esta situación radica en que cada vez los seres humanos de carne y hueso parecemos más incapaces de comunicarnos. El lamento rizomático por la sociedad masiva del espectáculo. ¿No será éste, acaso, un contramito intelectual, tan fundacional como aquello a lo que se opone, la transparencia comunicacional democrática? La técnica siempre despierta esta radicalidad: o se la festeja o se la abomina, o se la rechaza o se la recibe como si se tratara del abracadabra para todos los males de este mundo de corrupción. ¿Podemos pensar a la técnica y a su encarnación en los medios de comunicación de masas por fuera de esta dicotomía maniquea? Habría que situar a la técnica en la carne social de la que se origina. Y aquí, entonces, aparece otro problema. ¿Qué proyecto político-cultural representa a la sociedad argentina? ¿Hay una cultura, una sociedad argentina? Obviamente, no. Lo que sí hay, aunque nos cueste aceptarlo, es una Argentina distinta a cualquier país central, en la que hasta ayer se pujaba entre una cultura europea y civilizada, y una cultura bárbara, consumista y “americana”. Hoy, índices prístinos nos señalizan la dirección única a la que estamos abocados: el automóvil y la casa propia poblada con wii y netbooks modelan los objetos de nuestro deseo. Un proyecto mundial.
2. Los medios fogonean dos grandes máquinas: la máquina del lenguaje y la máquina del entretenimiento. Con la segunda se logró que todo el tiempo de nuestra existencia se volviera un tiempo productivo: hacer nada hoy significa mirar televisión, una de las grandes usinas del Capital. La máquina del lenguaje, por su parte, redujo a éste a su insignificancia informativa: la información reporta un hecho ocurrido, pero no reconstruye su sentido, porque el sentido proviene de una experiencia vivida que la información ni suplanta ni repone. Si termináramos creyendo que el sentido radica en la información, la representación mediática reemplazaría a la auténtica realidad, la felicidad a carcajadas a la laboriosa tarea de existir día a día. Tal es la desorientación que los medios timonean nuestra vida, aceleran su tiempo o le inoculan pánico y desazón.
3. La Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual hizo por fin público un debate que desde hacía décadas la sociedad venía dándose de modo soterrado. Faltaba la discusión abierta. Evidentemente el Estado debía edificar el dique que contuviera al mito liberal de la libre circulación de las ideas y la información, como también a la concentración de la propiedad. No contábamos con él –los intelectuales lo desprecian, la derecha lo exprime, los medios y la gente le desconfía, la izquierda lo aprovecha y lo culpabiliza–, pues la modernización tecnocomunicacional se dio junto con su desregulación y su achicamiento salvajes.
Otro debate, vacante aún, consiste en preguntarnos si el medio es, como creemos vulgarmente, un simple medio, y en este caso entre qué o quiénes sería un medio, cuál la consistencia de su naturaleza o cuál su función. O quizá la comunicación, el fin de los medios, se convirtió en otro medio más, y entonces ya no el medio sino la comunicación misma se haya vuelto todo el mensaje posible, el talismán mediático a invocar para terminar no diciendo nada. La comunicación, el imperativo posmoderno: “comunicar es bueno”, no importa qué ni cómo. ¿Seremos capaces de devolverle a la comunicación su carácter arriesgado y azaroso? ¿Concebirla como una tarea ardua y nunca automática? No hay entendimiento sin malentendido. La palabra interrumpe el silencio del que se nutre.
* Docente de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).

martes, 4 de octubre de 2011

La bajada del precio de la soja y el cobre mantiene en vilo a América Latina


La exportación de materias primas y productos agrícolas es un pilar del crecimiento.


SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ Buenos Aires 

La caída del precio internacional de la soja y de algunos minerales, como el oro y el cobre, que se viene registrando en los últimos días, mantiene en vilo a América Latina. La exportación de soja y de minerales se ha convertido en uno de los principales pilares del crecimiento económico de países como Argentina, Uruguay, Chile o Perú, e incluso del poderoso Brasil, y la bajada de los precios de esas materias primas inquieta a los gobiernos que cuentan con esos ingresos para continuar sus políticas de desarrollo. “Tenemos capacidad para reaccionar”, declaró el presidente del Banco Central chileno, José de Gregorio, que admitió que las turbulencias externas están afectando a los mercados de materias primas y que la compleja situación internacional aporta ansiedad a los países exportadores.
En Argentina, el Gobierno se mantiene en silencio, aunque con un ojo muy atento a la marcha del mercado de la soja, del que depende una parte importante de sus ingresos anuales (las exportaciones tienen un 35% de retención fiscal). La soja, al que muchos llaman “el oro verde”, cotizó el jueves en el mercado de futuros de la Bolsa de Chicago entorno a los 449 dólares, un 16% menos de lo que cotizó a principios de este mes, y lejos de la cifra récord que alcanzó el pasado mes de agosto, cuando superó los 534 dólares. Las previsiones, según los analistas del sector, es que puede seguir bajando hasta unos 440 dólares.
Aun así, un precio en torno a los 450 dólares significaría una cosecha por valor de más de 23.000 millones de dólares, por encima de lo obtenido en 2010. La inquietud se debe a que las estimaciones, sobre una producción récord de unos 52 millones de toneladas, rondaban los 27.800 millones de dólares, una cifra que va a quedar lejos de la realidad.
La soja cotiza en el mercado de Chicago un 16% menos que a principios de mes

La entrada de dólares es imprescindible para que el gobierno argentino, todavía aislado de los mercados financieros internacionales, pueda ajustar el déficit y mantener reservas que le permitan controlar la cotización del dólar y la estabilidad del peso. Una bajada demasiado pronunciada en el precio de la soja produciría un claro desajuste de la balanza comercial. Ese temor explicaría, según algunos analistas, los últimos movimientos del Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, que está exigiendo a las grandes empresas que reduzcan importaciones o aumenten, en proporción equivalente, sus exportaciones.
En Chile, el temor está relacionado con la bajada del precio del cobre, su gran producto de exportación, que ayer retrocedió otro 6% en la Bolsa de Metales de Londres cotizando a 7.290 dólares la tonelada. Quiere decirse que acumula una caída del 25% respecto al máximo anual alcanzado en febrero pasado. El precio del cobre está relacionado con la débil recuperación económica de Estados Unidos y, sobre todo, con las menores tasas de desarrollo de China. Las previsiones económicas de Chile, aseguró el presidente del Banco Central, se mantienen, sin embargo, con respecto a la media de 2010, con una situación de estabilidad y una inflación en torno al 3,3%.
El oro, por su parte, que interesa especialmente en Perú y México, subió ayer ligeramente, hasta situarse en 1.624 dólares la onza, pero solo después de que la semana anterior experimentara una pronunciada caída del 9,3%.
El cobre acumula una caída del 25% desde el pico de febrero

El Fondo Monetario Internacional (FMI) rebajó en su último informe, el pasado día 20, sus previsiones para los precios de las materias primas y alimentos, aunque advirtió que el precario equilibrio que existe entre la oferta y la demanda podría también provocar algunos nuevos “picos”.
Los países de América Latina han sido los que mejor han aguantado la primera oleada de la crisis económico-financiera global y han seguido creciendo a buen ritmo gracias, en buena parte, precisamente al alto precio que han mantenido las materias primas y los alimentos. Una caída pronunciada podría comprometer, o al menos desacelerar, ese notable crecimiento.

Rusia y China impiden a la ONU actuar contra el régimen de El Asad


El Consejo de Seguridad rechaza una resolución que amenazaba con tímidas medidas.

 

ANTONIO CAÑO Washington 

 Los países europeos y EE UU fracasaron anoche al tratar de aprobar en el Consejo de Seguridad de la ONU una resolución que representa un tímido aumento de la presión sobre Siria para acentuar su aislamiento internacional y frenar la represión ejercida contra quienes protestan contra el régimen. La iniciativa estaba llena de precauciones para evitar que fuera interpretada como un primer paso hacia una intervención militar similar a la ocurrida en Libia. El veto de Rusia y China se impuso a una propuesta de resolución que ya había sido rebajada, puesto que evita la amenaza de sanciones y se limita a anunciar “medidas concretas” contra el Gobierno de Bachar el Asad en el caso de que continúen los ataques de la policía y el Ejército contra quienes participan en manifestaciones pacíficas.
Eso no ha sido suficiente, sin embargo, para ganar el apoyo de Rusia. El Ministerio de Exteriores de ese país anunció ayer que considera “inaceptable” la resolución y que no la apoyararía. El bloque occidental confíaba en que Rusia optase por la abstención (como hicieron Sudáfrica, India, Brasil y Líbano) y permitiera la aprobación del texto, cosa que no ocurrió.
Este pulso, que se prolonga desde hace semanas, así como las dificultades encontradas hasta ahora para una acción determinante de parte del Consejo de Seguridad, son muestras de la complejidad que la crisis siria encierra y de las escasas posibilidades que existen de una mayor implicación extranjera.

La intervención de la OTAN en Libia, amparada por una resolución de la ONU y determinante para la caída de Gadafi, significó un hito en la actuación de la comunidad internacional, tanto por su celeridad como por su contundencia. Estimulados por los cambios pacíficos en el mundo árabe y conmovidos por el contraste que la represión de Gadafi suponía, las principales potencias aceleraron un acuerdo en la ONU que concluyó en el ataque que, en última instancia, permitió la victoria de los rebeldes. Ese comportamiento puso muy alto el listón de la responsabilidad internacional para crisis posteriores, como la de la Siria. Pero Siria no es Libia, y los grandes países optaron por caminos diferentes por diferentes razones.
El grado de represión en Siria parece justificar una actuación más determinante por parte de la ONU. Según el cálculo de esa misma organización, los ataques contra los rebeldes sirios han provocado ya más de 2.700 muertos, y su constancia e intensidad permiten augurar un aumento considerable de esa cifra. Sin embargo, en el caso de Siria, tanto los principales países europeos como EE UU están condicionados por un sentido de la prudencia que les hace temer por las consecuencias de una grave desestabilización del régimen de El Asad.
Libia es un país petrolero con influencia económica, y por tanto política, en el África subsahariana, pero sin un papel de liderazgo dentro del mundo árabe y musulmán. Siria, en cambio, es una potencia regional con un papel decisivo en Líbano, una alianza estratégica con Irán y un gran ascendiente sobre todos los acontecimientos en la zona, incluido el conflicto palestino-israelí. Históricamente considerado un pilar en el equilibrio de Oriente Próximo, su capacidad para diseminar sus problemas por todo el área sigue siendo considerable, incluido en Israel, con el que tiene frontera.
La Administración norteamericana ha actuado hasta la fecha con cierta audacia en esa crisis. Su embajador en Damasco se ha puesto varias veces de forma visible al lado de los que protestan, y el presidente Barack Obama ha pedido públicamente la dimisión de El Asad. Pero no parece todavía preparada para elevar esa presión hasta el límite de una intervención militar de consecuencias imprevisibles.
Siria cuenta con un apoyo de parte de Rusia muy superior al que tenía Gadafi. Viejo aliado de la Unión Soviética y amigo y socio comercial de Moscú, el régimen de El Asad es una de las pocas bazas que le quedan a Rusia para mantener su presencia en Oriente Próximo, y no va a renunciar a ella fácilmente. Por similares razones, también China se ha resistido a las sanciones, aunque el Gobierno de Pekín, más interesado actualmente en una política exterior global, es menos persistente en este asunto.
Siria es una potencia regional con un papel decisivo en Líbano, una alianza estratégica con Irán y un gran ascendiente sobre todos los acontecimientos en la zona

El bloqueo ruso hace imposible una actuación unitaria de parte de la ONU y constituye un gran freno para las iniciativas de Europa y EE UU, que no quieren lanzarse a aventuras diplomáticas condenadas al fracaso.
Esta última resolución eliminaba prácticamente todas las objeciones que había puesto Moscú, especialmente la posibilidad de una acción militar. Pero Rusia pretende que eso se diga en el texto, es decir que Occidente se ate las manos ante el futuro, algo a lo que por ahora se niega.

domingo, 2 de octubre de 2011

Primavera


Por Santiago O’Donnell

Vuelve a la Argentina Lev Grinberg, sociólogo político y director del Instituto Humphrey de Investigaciones Sociales de la Universidad Ben-Gurion del Negev. Trae noticias frescas de la primavera israelí y se muestra cautelosamente ilusionado. “El 14 de julio hubo una manifestación muy grande contra el gobierno israelí que dio nombre al movimiento 14J, al que también se llama movimiento Tahrir, porque se inspiró en la revuelta egipcia. Y es que en Israel pasó algo parecido a lo de Egipto: tomaron un boulevard en el centro de Tel Aviv y la gente venía y venía. La primera noche eran treinta, cuarenta mil personas. Después eran cada vez más. El boulevard se llenó de campamentos. La primera protesta nació de un reclamo de vivienda, sobre todo de jóvenes que no tenían a dónde vivir. A la semana ya había cuatro campamentos en Tel Aviv y otros veinte en el resto de Israel, y eso que es un país chico, eh?”
Así arranca su relato, sentado en un pupitre en un aula vacía del anexo de la Universidad Tres de Febrero, en el Centro Cultural Borges, donde Grinberg hablará del tema en el seminario internacional “de la Primavera Arabe a las rebeliones europeas”. Sigue:
“La protesta se hizo popular. El 85 por ciento de la población la apoya. Fue la manifestación que más gente juntó en la historia de Israel, más de medio millón de personas en un país con siete millones de habitantes. Y fue la primera movilización inspirada en lo que pasa en Medio Oriente, en Egipto y Túnez. Empezó sin ninguna organización, igual que en Egipto, a través del Facebook. Pero una vez que empezaron las manifestaciones todos los medios los apoyaron, está pasando ahora, no se acaba. Cuando cayó Mubarak (11 de febrero), a mí me invitaron a la televisión y me preguntaron, ‘¿por qué no hacemos lo mismo?’. En Israel todos hablaban de eso. Pero no tenemos una dictadura. Entonces, ¿qué quiere decir ‘democratizar’ en Israel? La demanda que movilizó a la población israelí es lo que el pueblo siente que le falta. La gente cantaba ‘El pueblo exige justicia social’ y ‘Se viene, se viene el Estado de bienestar social’. Exigen un replanteo de todo el modelo de la política neoliberal”.
El profesor Grinberg nació en la Argentina y partió a Israel a los 18 años en 1971 como parte del movimiento Maccabi. Pero se mantiene en contacto con su país de nacimiento y no duda en comparar el momento israelí con los sucesos vividos aquí en el 2001.
Me hace acordar al “Que se vayan todos”. La protesta es contra todos los partidos políticos. Al principio el gobierno era el foco, pero después se la agarraron también con la oposición porque deja hacer y no los representa. Además, se creó una especie de alianza entre la clase media y la clase baja. Empezó como una cosa de clase media, de estudiantes que querían alquilar, que se juntaron con gente sin vivienda, gente desalojada que vivía en la calle. Cuando empezaron las clases los estudiantes desarmaron los campamentos y volvieron a la universidad, pero los campamentos de los sin techo siguen ahí.
Según Grinberg, el actual gobierno que encabeza el conservador Benjamin Netanyahu no es el único culpable del estado de insatisfacción actual. El laborismo también fue cómplice al abandonar su prédica progresista cuando le tocó formar parte de distintos gobiernos y hasta la izquierda israelí apoyó la política de seguridad de mano dura, señaló. “El laborismo se hizo neoliberal, se hizo neofascista, se hizo de todo, aunque ahora por estas protestas ha decidido retomar el discurso socialdemócrata. Y buena parte de la izquierda apoyó todas las guerras en un renunciamiento vergonzoso.” El profesor no lo dice, pero lo que sigue de su relato asemeja la protesta israelí a la protesta en Chile, donde organizaciones estudiantiles empujan la agenda del cambio de sistema.
La Confederación Unica de Estudiantes Universitarios es el eje organizativo de la protesta. El principal argumento de la protesta es que el gobierno le da todos los privilegios a un grupo de multimillonarios. En Israel hay cinco familias que manejan casi toda la economía. Hoy Israel tiene el índice de desigualdad más alto de todo el mundo desarrollado, incluso por encima de los Estados Unidos. Esto pasó en los últimos veinte años. Los estudiantes exigen un cambio total del sistema político y social. Piden un incremento del gasto público de 35 por ciento al 55 por ciento del PBI para hacer más inversiones en educación, vivienda, salud y seguridad social. Piden cambios en el régimen de distribución de tierras y que el Estado se involucre en la construcción de viviendas en vez de entregarle los terrenos a constructoras privadas. La respuesta del gobierno ha sido la creación de una comisión para hacer recomendaciones hacia una solución al problema de la brecha social. Los estudiantes han respondido armando su propio equipo de expertos para reunirse y debatir con los técnicos de la comisión del gobierno. Parece mentira que pibes de 25-30 años estén haciendo esto, y que hayan dejado a todos los partidos políticos afuera.”
Hasta ahí todo muy lindo, pero Grinberg advierte que el movimiento de protesta surgido de la primavera israelí encuentra un techo en la cuestión palestina. “No dicen nada de las injusticias a los palestinos y no toman en cuenta cómo la economía excluye a los palestinos. Pero como la mano de obra barata palestina compite con la mano de obra israelí, sin los palestinos no hacés política. Ahora, si te metés con la cuestión palestina perdés fuerza y perdés unidad, ése es el dilema del movimiento estudiantil. Al evitar la cuestión palestina en aras de la unidad y la aceptación social, los ‘Tahrir’ israelíes son rehenes de las políticas ‘antiterroristas’ del gobierno”, advierte Grinberg.
“Lo que paraliza la movilización es la violencia. Por eso es imprescindible abrir un espacio de diálogo entre la protesta israelí y la protesta palestina, para que el gobierno no pueda manipular la situación, calentar la sartén con denuncias de terrorismo y represalias armadas.”
Según el sociólogo de la Ben-Gurion, no es casualidad que la primavera israelí haya surgido en este momento. Coincide con la estrategia de las distintas facciones palestinas de suspender casi todas sus acciones militares para apostar a una vía dialoguista con el objetivo de conseguir el reconocimiento como Estado en Naciones Unidas.
“El movimiento de protesta más fuerte se puede dividir y cerrar por la violencia antipalestina. Por eso en Israel no ha sido posible articular ninguna reforma en los últimos diez años. Desde el comienzo de la segunda Intifada (septiembre del 2000) la violencia prácticamente no paró, una crisis atrás de otra. Para mantener a la juventud callada, calientan el conflicto palestino. Es el juego de siempre y Netanyahu ha sido muy hábil con eso. Pero es un dato alentador que en el último enfrentamiento, en el que murieron dos soldados egipcios en la frontera con Gaza (en agosto), la población israelí no se movilizó a favor del gobierno.”
Por ahora nos quedamos con eso, con el aire fresco de la primavera israelí, con el optimismo moderado del profesor, y con una última definición que es casi una profesión de fe: “El movimiento nació como una expresión de la voluntad de los israelíes de ser parte de Medio Oriente”.
sodonnell@pagina12.com.ar