Majestuoso testimonio de un poder agostado

Majestuoso testimonio de un poder agostado

miércoles, 13 de marzo de 2013

La década que fue (2003-2013)




América Latina ha visto casi en su totalidad un crecimiento sostenido, niveles de pobreza y desigualdad más reducidos y un aumento de la confianza y el activismo en el escenario mundial.


MICHAEL SHIFTER Washington 

La muerte de Hugo Chávez se produjo pocos días después de que en Estados Unidos se cumpliera el décimo aniversario de la guerra de Irak. Tanto en Estados Unidos como en América Latina, merece la pena reflexionar sobre esta última década: las lecciones que deberíamos aprender, los riesgos y las oportunidades que vendrán.
Como era de esperar, el aniversario en Irak ha provocado bastante reflexión en Estados Unidos. La aventura militar que comenzó en marzo de 2003 está ampliamente -y correctamente- considerada entre los errores estratégicos más caros de la historia estadounidense. Independientemente de cómo se mida -en términos humanos, económicos o políticos- la guerra fue un desastre.
La historia en América Latina durante la última década -cuyo inicio se puede establecer en el comienzo de la Administración Lula en Brasil en enero de 2003- es, por el contrario, una mucho más feliz. La región avanzó en general de manera positiva y fue testigo de una transformación notable. Con Brasil, y ahora también México, como líderes, América Latina ha visto casi en su totalidad un crecimiento sostenido, niveles de pobreza y desigualdad más reducidos y un aumento de la confianza y el activismo en el escenario mundial.
Para EE UU, la guerra de Irak ha tenido un significado político enorme. Después de todo, Barack Obama fue elegido presidente por primera vez en 2008, en gran medida, por su oposición a aquella guerra “escogida” (no necesaria). Con sus movimientos en Irak, y ahora en Afganistán (la guerra más larga de la historia de EE UU), ha cumplido con sus promesas de retirada.
El equipo de política exterior del segundo mandato de Obama -con John Kerry en el Departamento de Estado y Chuck Hagel en el de Defensa- sólo refuerzan esa misma dirección hacia la prudencia. El Partido Republicano, mientras, se ha encontrado cada vez más dividido entre uno grupo aislacionista y aquellos políticos tradicionales que abogan por una diplomacia más enérgica.
Sigue habiendo, en cierta manera, paralelismos con otra iniciativa equivocada - la guerra de Vietnam- que hizo que los estadounidenses desconfiaran de los compromisos militares. Pero ese período fue interrumpido por los ataques en Nueva York y Washington el 11 de septiembre de 2001, sin los que Irak y Afganistán nunca serían concebibles.
Es complicado separar la miríada de costes de la guerra de Irak de las dificultades financieras experimentadas por Estados Unidos, especialmente después de la crisis de 2008, y el pesimismo generalizado (el 60% de los ciudadanos considera que el país avanza en la dirección equivocada). Para EE UU, los costes económicos de la guerra se estiman, como mínimo, en un billón de dólares -el economista Joseph Stiglitz calcula que ascenderán a 3 billones.
Aunque la reacción natural en EE UU ha sido la de aislarse y desconfiar de futuras aventuras militares que supongan el envío de tropas (de ahí la excepción del polémico uso de los drones), el desafío para el segundo mandato de Obama será dar con una política exterior creíble y estratégica que tenga en cuenta los intereses del país, sus responsabilidades globales y que además cuente con apoyo ciudadano. El mundo es, cuanto menos, cada vez más turbulento -véase el conflicto en Siria; la situación actual en Egipto o Libia, y la creciente preocupación en Irán- y cada vez requerirá de mayor liderazgo de un EE UU que tenga claro cómo proceder y los peligros a evitar. La guerra de Irak tendrá una influencia importante.
En América Latina, mientras tanto, el mayor riesgo de continuación de la última década es que una región que ha funcionado tan bien no aprovechará la oportunidad de llevar a cabo reformas profundas y pendientes en materia de educación, justicia, seguridad, infraestructura y otras áreas que mejoran la productividad y la competitividad y que crean una base para un desarrollo amplio y a largo plazo.
La autocomplacencia, incluso el triunfalismo de determinados países, sigue siendo una preocupación. El estado ruinoso de la economía venezolana después de la era Chávez debería alertar a otros países de América del Sur ricos en materias primas de aquellos peligros del llamado “síndrome holandés” y de la necesidad de diversificar su economía para aumentar su independencia y reducir su vulnerabilidad ante la fluctuación de precios en el mercado global.
El final de la década marca además un momento en el que las políticas sociales de innovación -en su mayoría programas de microcréditos- que han logrado reducir los niveles de pobreza, necesitarán ser complementados por nuevas iniciativas que respondan a las crecientes demandas y expectaciones de la cada vez más amplia clase media de la región. Para ello, será útil prestar atención al historial de esfuerzos realizados en Europa y en EE UU. Los programas gubernamentales tienen que seguir el ritmo de los profundos cambios económicos y sociales.
La última década ha demostrado la distinta suerte de EE UU y de América Latina. EE UU cuenta con grandes fortalezas, y resistencia, pero dos guerras agotadoras, una crisis financiera y la gravísima presión fiscal han minado la confianza del país. Y América Latina también sigue enfrentándose a problemas importantes, aunque los avances sociales y económicos desde 2003 han sido significativos en diversas medidas.
¿Se pueden revertir estas tendencias? ¿Se trata de un fenómeno cíclico? Es difícil saberlo. Podemos imaginar varios escenarios posibles. Pero está claro que la cada vez menor asimetría histórica entre EE UU y América Latina, evidente durante décadas pero de manera aún más acelerada entre 2003 y 2013, continuará con toda probabilidad.
Eso exige una relación constructiva entre EE UU y una América Latina que todavía se está desarrollando. Una relación que exige un compromiso serio y bastante imaginación de parte de Washington, y por parte de América Latina, más equilibrio entre las “relaciones carnales” de Carlos Menem en los 90 y la postura beligerante de Hugo Chávez durante la última década.
Michael Shifter es presidente del Inter-American Dialogue

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