Majestuoso testimonio de un poder agostado

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lunes, 25 de febrero de 2013

Las urnas conducen Italia al atolladero


 

 

El centroizquierda de Bersani gana por la mínima en la Cámara baja

 

El avance de Grillo y de Berlusconi en el Senado 

aboca a la ingobernabilidad

 


PABLO ORDAZ Roma 

A la hora de escribir esta crónica, Italia no se deja gobernar. Después de 15 meses de Gobierno técnico y de dos meses de campaña electoral, los italianos no se acaban de poner de acuerdo sobre su futuro. Con el 95,4% de los votos escrutados, el centroizquierda de Pier Luigi Bersani parece tener más posibilidades de ganar por los pelos en la Cámara de Diputados (29,75%) —y por tanto obtener el bonus que otorga al ganador el 55% de los escaños—, pero el gran problema está en el Senado. Aunque Bersani también obtiene un mayor número de votos, la complicada ley electoral —que bonifica a los vencedores de cada una de las 20 regiones— pone por delante en número de escaños a la coalición de Silvio Berlusconi y la Liga Norte, que en la Cámara baja pisa los talones al centroizquierda con un 28,96% de los votos. Las únicas certezas de la jornada son los buenos resultados logrados por el Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo y el batacazo electoral, sin paliativos, de Mario Monti (10,59% en la Cámara de los Diputados).
“Hay que volver a las urnas”. A medida que avanzaba la tarde cada vez han sido más los analistas que, en medio de la impotencia general, han advertido que la situación surgida de las urnas es tan endemoniada que solo puede saldarse con otras elecciones. La sorpresa no es tanto los buenos resultados de Beppe Grillo —el 25,5% de los votos en la Cámara de Diputados y el 23,7% en el Senado—, que en las últimas semanas de campaña consiguió arrastrar tras de sí a cientos de miles de ciudadanos descontentos con la política tradicional, sino el respaldo que, dos décadas de escándalos después, sigue cosechando Silvio Berlusconi. Después de poner al país al borde de la quiebra, acosado por los procesos judiciales y dueño de un descrédito personal y político sin parangón fuera de Italia, aún logra que más de una cuarta parte de los electores sigan creyendo en él. O en sus promesas que —y aquí puede estar una de las claves— incluyen la devolución de buena parte de los impuestos cobrados por el Gobierno de Monti en el último año de Gabinete técnico.

 

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El profesor ha sido, sin ninguna duda, el gran derrotado. Y su fracaso —la incapacidad de liderar un centroderecha que prefirió quedarse con Berlusconi— repercute directamente en la gobernabilidad del país. En los últimos días, fueron muchas las voces de Europa o de los mercados que rezaban por un gobierno estable de coalición entre Bersani y Monti. Los dos no tuvieron suficientes arrestos electorales, suficiente capacidad de ilusionar, como para hacerlo posible. Sucumbieron ante la política del espectáculo. Silvio Berlusconi ha basado su campaña electoral en la bufonada continua, sabedor de que ya nadie lo cree decente y por tanto no tiene que parecerlo. Beppe Grillo, por su parte, es un comediante. Su táctica ha consistido en poner el paraguas del revés para recoger todo el cansancio, toda la rabia, toda la impotencia de un país que se sabe rico y no sale de la pobreza.
Al final, unidos unos datos con otros, se obtiene una palabra: ingobernabilidad. Con el 90% de los votos del Senado escrutados, el ganador en porcentaje de votos es Pier Luigi Bersani, con el 31,8%, seguido de Silvio Berlusconi, con el 30,4%, Beppe Grillo, con el 23,7%, y Mario Monti, con el 9,2%. Sin embargo, la actual ley electoral, apodada “la cerdada” y que los partidos no lograron cambiar durante el Gobierno técnico, otorga más senadores a Berlusconi (123) que a Bersani (104), según proyecciones. Teniendo en cuenta que Monti solo obtendría 17 senadores, su posible acuerdo con Bersani no superaría el número de escaños de Berlusconi. La llave, en este caso, sería Grillo, pero aunque en la política italiana nada es descartable, no sería muy lógico que el Movimiento 5 Estrellas, cuyo combustible ha sido la crítica a las malas artes de la casta política, caiga en los mismos juegos políticos a la primera de cambio.
Así, el panorama sería una Cámara de Diputados de centroizquierda y un Senado que impediría la tramitación de cualquier decisión del Gobierno. Si el recuento terminara así, sería el presidente de la República, Giorgio Napolitano, quien se vería en el brete de una decisión muy difícil. Según algunos analistas consultados, el presidente podría encargar al líder del centroizquierda que explorara la posibilidad de formar un gobierno con visos de estabilidad. Otra opción sería que Bersani llegara a un acuerdo con Beppe Grillo con el único objetivo de reformar la actual ley de partidos y, entonces sí, volver a convocar elecciones. Hay todavía otras dos más. Aunque nunca se ha hecho, la Constitución permite convocar elecciones solo para el Senado. La cuarta y última posibilidad sería la de convocar nuevas elecciones.
Esta situación absolutamente desquiciante tiene, sin embargo, un punto de consuelo. Esto es Italia. Y hay décadas de experiencia en vivir políticamente sobre el alambre. La última —de nefasto recuerdo para el centroizquierda— fue en 2006, cuando el Gobierno de Romano Prodi solo sobrevivió dos años y gracias a que contó con el apoyo de los senadores vitalicios. La diferencia es que ahora Italia se encuentra bajo la atenta mirada de los mercados, que levantaron el pie sobre su cuello hace 15 meses, como voto de confianza a las reformas emprendidas por Monti, pero que ahora —ante el retorno de Berlusconi o la suprema duda de Grillo— pueden entrar en pánico y contagiar a toda la zona euro. De hecho, en la tarde de ayer, cuando los sondeos a pie de urna indicaban una victoria neta del centroizquierda la bolsa subió inmediatamente. Horas después, cuando se comprobó que la realidad pintaba en negro, sufrió un claro retroceso.
Aunque aún pendiente del escrutinio, el delfín de Silvio Berlusconi, Angelino Alfano, declaró: “¿Una gran coalición? Estamos dispuestos”. Una posibilidad que el centroizquierda solo mira de reojo y como una pesadilla. Se habían vestido para ir al entierro de Berlusconi y se encontraron con que más de seis millones de italianos siguen queriéndolo vivo y dando guerra.

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