Majestuoso testimonio de un poder agostado

Majestuoso testimonio de un poder agostado

domingo, 7 de octubre de 2012

El regreso del escritor maldito



Los talentos / Hoy, Jorge Asís

Por Jorge Fernández Díaz | LA NACION

Beatriz Sarlo se lo encontró en una esquina. Eran los días finales de 1981, iban y venían de la vieja editorial Losada y Flores robadas en los jardines de Quilmes llevaba vendidos más de trescientos mil ejemplares. "Leí tu novela y no me gustó", le dijo ella sin pestañear. Jorge Asís le sonrió bajo el bigote renegrido y le palmeó el brazo: "No me preocupa, Beatriz, vengo a cobrar los derechos de autor". Pero la verdad es que Sarlo, posiblemente la crítica literaria más influyente de la Argentina, piensa hoy que esa historia trágica, irónica y barrial fue muy importante, dividió en su momento aguas estéticas y políticas, y se ubicó en máxima tensión con Respiración artificial, de Ricardo Piglia, la otra gran obra de ficción escrita bajo la dictadura. Cuando hace unos años la Biblioteca Nacional pidió a distintos intelectuales una lista esencial de los 200 libros que eran necesarios para entender esta compleja nación, Sarlo incluyó la novela de Asís.
Algo parecido podría decirse de Diario de la Argentina, que desató un escándalo porque allí ficcionalizaba la redacción de Clarín. Ese libro lo envió al ostracismo y a la política, un mundo que fascinó al escritor y que durante años pareció tragárselo. Hoy, aquella novela maldita ya no trata sobre Clarín ni se lee en clave chismográfica como la leímos hace veinte años. Hoy, se lee en clave puramente literaria, como el fresco de un mundo cerrado y excitante, donde hasta el periodismo resulta un asunto incidental. Los jóvenes la están redescubriendo.
Con esa causa prescripta, amnistiado por el tiempo, Jorge Asís no pudo o no quiso desembarazarse sin embargo de la fatwa progresista. Para ese segmento, el pecado de haber sido militante neoliberal ("ahora resulta que el único menemista era yo") es imperdonable y borra incluso la literatura. Para la academia, "el Turco" Asís no existe, no tiene ningún mérito.
Esto, al autor de Los reventados, parece importarle un bledo. Su lugar natural no han sido, durante las últimas décadas, las librerías ni los claustros. Asís pernoctó en la trastienda de la política siendo políticamente incorrecto. Y produjo desde allí una creativa y por momentos irritante nueva jerga, un trabajo idiomático que alguna vez deberá ser estudiado atentamente porque cifra y delata estos tiempos. Desde su blog, que es uno de los más consultados por dirigentes y colegas, Asís se reinventó como prosista. Y ahora por fin regresa con una novela: Hombre de gris. En este caso, el narrador "traiciona" a la corporación peronista para mostrar sus vísceras. Revela cómo actúan y piensan los peronistas más poderosos cuando están lejos de las cámaras.
Asís pasó el invierno argentino en París, escribiendo esa historia relativamente corta, en la que se prueba una vez más la teoría de la punta del iceberg de Hemingway: lo que aparece es sólo una parte; bajo la superficie se intuye un espinoso universo de historias verdaderas. Asís sabe de lo que escribe. Le bastan 180 páginas para hacernos imaginar las cosas ciertas que esconde esta fábula sobre un gobernador seducido por encarnar la célebre profecía de Parravicini, según la cual surgiría de la Argentina profunda un providencial "hombre de gris" que salvaría al país del atraso.
Ese gobernador es ficticio, y la provincia que gobierna (San Patricio) es inventada. Pero ambos encajan a la perfección en los regímenes feudales de hoy. Y el autor se encarga de hacerlos convivir con nombres célebres: Kirchner, De la Sota, Scioli, Solanas. Logra así un nivel óptimo de lo verosímil. Esto que narra pasó, está pasando, pasará. Hombre de gris dialoga con La cena, aquella extraordinaria película en la que Fouché (ministro del Interior de Napoleón) y Talleyrand (canciller de Francia) hablaban sobre el poder. En la novela de Asís casi no hay escenas, sólo gente que habla. Gente de la política que no ahorra sarcasmos ni amoralidad maquiavélica. "Te aseguro que cuando cuatro dirigentes se reúnen a tomar café no hablan de hacer el bien", me dice riendo. Almorzamos en el Club Francés. Hace un rato me ha confesado: "Yo soy solo, Fernández. No hay ningún escritor que se pare donde yo estoy. Pero decir que soy un escritor maldito me parece una ofensa para con Céline".
Logra en esta nouvelle, y se lo concedo, un personaje inolvidable: Rolando Tadeo, el Eje del Mal. Un ex dirigente menemista que pudo haber sido presidente, pero que cayó en desgracia. No puede ni caminar por la calle, sólo lo hace en días de lluvia, cuando nadie lo reconoce bajo el paraguas. Tadeo tiene una frase amenazante: "Cuidate conmigo porque te elogio. Me largo a hablar bien de vos y te masacro". Un brillante político quemado, en la deshonra, en "la lona espiritual", que sobrevive vendiendo sus teorías a políticos mediocres. "Te escucho hablar y tengo argumentos para rebuscármela durante dos meses -le dice el gobernador-. Largamente te ganaste el sobre."
Sus conversaciones con el gobernador de San Patricio son inquietantes. Tadeo le dice, por ejemplo: "Los jóvenes de hoy son menos idiotas de lo que fuimos nosotros. Pero vienen demasiado apurados para hacerla pronto. Antes de tener un discurso convincente, quieren asegurarse los contratos para los cuñados". El gobernador no se queda atrás: "Los negocios nunca son para los secos. Ni para los apurados. Sólo debe robar aquel que previamente está salvado. Porque robar nunca fue para cualquier espontáneo. Es para los profesionales que sepan hacerlo. Abundan, en la Argentina, los especialistas".
Un tercer personaje resulta ser un inefable industrial, que "había sabido vender. Sobre todo, en dólares. Liquidó la gran totalidad de los activos durante el ocaso anunciado del gobierno de De la Rúa, cuando puso los capitales inteligentemente a resguardo. En las distintas variables del afuera. Bancos de Estados Unidos. Diseños artificiales de las islas Caimán. En Luxemburgo, con fondos confiables de inversión o sociedades extrañas que aposentaba en el Uruguay. Para el cambio chico, eran mantenidas las cuentas en el Banco Macro... Se había salvado. Se salvaría para varias generaciones, merced al recetario resignado de Duhalde, el Killer de la convertibilidad. Estaba hecho. A la medida del placer. Condecorado por la suerte y por la excelente información que complementaba su instinto de mercader. Porque pagaría, en pesos, sus deudas providencialmente devaluadas, después de haber recogido la montaña de dólares. Iba a ganar, con el fusilamiento financiero de la sociedad desguarnecida".
Tadeo desprecia a esa clase de empresario argentino y le desea al menos el castigo de "los jueces canallas". Que a estos vivos "los mantenían aferrados del cuello de sus expedientes. Tomados por las causas que se dilataban. Pero nunca se cerraban". La ecuación de los jueces era así: "Si el triunfador honorable había acumulado veinte millones de dólares, discutiblemente bien habidos, para no estar adentro junto a los ladrones vulgares tenía que poner, al menos, tres millones. Nunca menos de dos ni más de cinco. Después de haberse llevado con creces «la suya», los especímenes pretendían circular en libertad por los aeropuertos del mundo. Y hasta hacer crítica de costumbres. Denostar a la clase política. Espantarse por la calidad de la justicia en el país. Sin poner, para la caja de los empleados, la parte mínima que se llevaron".
El Eje del Mal, que es un consigliere del gobernador, asegura que desde el poder "a los empresarios hay que conducirlos. Tenerlos holgados, siempre líquidos, pero sin darles dos metros de ventaja porque te llevan puesto". Luego pronuncia sentencias contra Néstor, aunque admite: "Yo soy uno más que lo insulta. Pero los disidentes no aguantamos un llamado de Kunkel. Menos del Chueco Mazzón". Al final, Tadeo le dará un consejo fundamental al gobernador, y un dominó de intrigas terminará con sus enemigos.
Me quedo, sin embargo, con el destino de ese ángel caído que galguea en los arrabales: su esposa lo deja y se incorpora festivamente al kirchnerismo ("carne tardía de Frepaso") para limpiarse de tanto menemismo personal, y se enamora de un progresista que gana poco: "El novio no tenía una moneda por culpa del neoliberalismo. Es decir, por culpa de Tadeo. Que el corrupto de tu ex no te tome por estúpida -le dice-. No se puede admitir que estando tan cerca de Menem, no tenga dinero para pagarte las expensas del departamento".
Picaresca cínica que dinamita el romanticismo ideológico; literatura política con conocimiento de causa y en tiempo real. Hablamos de sus orígenes en el Partido Comunista y su amistad con Haroldo Conti, y de su debilidad por el peronismo, "esa ideología a la carta", ese conglomerado que continuamente se plantea "cómo podemos hacer para cambiar y seguir siendo siempre los mismos".
Me dice mientras terminamos de comer que no existe en la Argentina un solo escritor que se atreva a presentar sus libros. Yo me ofrezco, porque más allá de su malditismo menemista, está su enorme talento. Parece extrañamente conmovido. Veo en los ojos de Asís los ojos de Tadeo. Pero la impresión apenas dura una fracción de segundos. Luego pide la cuenta y vuelve a su exuberante refugio de sornas.

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