Majestuoso testimonio de un poder agostado

Majestuoso testimonio de un poder agostado

domingo, 16 de febrero de 2014

El hombre de la democracia



Vida y obra de Robert A. Dahl



Robert Dahl murió el 5 de febrero, a los 98 años. Fue tal vez el politólogo más importante del siglo pasado y, desde luego, fue uno de los sociólogos más destacados. Recibió innumerables galardones y títulos honoríficos, como el primer Johan Skytte Prize, creado en 1995 para compensar el hecho de que no existiera un Premio Nobel de Ciencias Políticas. Los textos de Dahl aparecen citados en decenas de miles de ocasiones, infinitamente más que los de sus contemporáneos. Muchas de las principales figuras actuales de la profesión estudiaron con él.
Nacido en 1915 en Inwood, Iowa, Dahl creció en Alaska, se graduó en la Universidad de Washington en 1936, obtuvo su doctorado en Yale en 1940 y entonces se alistó para contribuir al esfuerzo de guerra. Prestó servicio en la Junta de Producción de Guerra y luego como teniente en el ejército, y fue condecorado con la Estrella de Bronce con hojas de roble por servicios distinguidos. Tras un breve periodo en la administración de Roosevelt, regresó a Yale, ya como profesor, en 1946. Impartió clases durante 40 años y se jubiló con el título de Catedrático Emérito Sterling en 1986. Permaneció en activo y dedicado a sus estudios otros 20 años más.
En muchos sentidos, Dahl creó la disciplina de la ciencia política moderna. El estudio especializado de la política se remonta por lo menos a la antigua Grecia, desde luego. Y Dahl no era Platón, ni Aristóteles, ni Thomas Hobbes, pero aportó un elemento nuevo al estudio aficionado y salpicado de anécdotas reveladoras en que había consistido la actividad desde hacía milenios: el uso sistemático de las pruebas para valorar unas afirmaciones teóricas rigurosas. Desde la aparición de los innovadores trabajos de Dahl en los años cincuenta y sesenta, varias generaciones de sucesores suyos han desarrollado teorías y métodos empíricos que siguen múltiples direcciones, a veces poco coincidentes con él. Pero pocos podrían negar que él fue la base de todo.
A Dahl suele considerársele el fundador de la escuela conductista en ciencia política. El motivo es que dio mucha importancia a la conducta observable en uno de sus primeros trabajos teóricos sobre el poder y el comportamiento de las élites urbanas en ¿Quién gobierna?, su estudio sobre la toma de decisiones en New Haven. Sin embargo, es engañoso identificar a Dahl con una u otra escuela metodológica. Parte de su labor era conceptual, dirigido a comprender cosas como la naturaleza del poder y la democracia. Parte era institucional; estudió la viabilidad y la eficacia de la separación de poderes, si la democracia podía sobrevivir sin una economía de mercado y si una empresa democrática podía ser eficiente. Pero también se hizo preguntas de tipo normativo, cuya intención era determinar qué sistema de representación político es el mejor, si delegar el poder político a los expertos es buena idea y qué grado de desigualdad es deseable. Era un estudioso interesado por los problemas, que abordaba los grandes interrogantes de su época y escogía los métodos más apropiados para la tarea.
Una manera de comprender mejor la forma de estudiar de Dahl es observarle como su hubiera mantenido durante toda su vida un diálogo con James Madison. Dahl sentía enorme respeto por la generación de los fundadores del país. La afirmación de Madison en el número 10 de los Federalist Papers de que la existencia de múltiples facciones podía hacer que la democracia fuera viable a gran escala es quizá la primera manifestación de la lógica de las divisiones transversales y superpuestas sobre la que Dahl elaboraría su teoría pluralista de la democracia. En contraste con los racionalistas seguidores del economista estadounidense Kenneth Arrow, para quienes la inestabilidad del gobierno de la mayoría era un problema, el análisis de tipo madisoniano que hacía Dahl era que la inestabilidad es una virtud, porque hace que las mayorías siempre sean fluidas y, por tanto, impiden que la política se convierta en una rivalidad a vida o muerte en la que lo mejor que pueden hacer los derrotados es echar mano a la pistola.
Ahora bien, las teorías institucionales de los fundadores eran otra cuestión. El libro más agudo de Dahl desde el punto de vista analítico, Un prefacio a la teoría democrática, publicado en 1956, es una crítica mordaz de la separación de poderes en general, la revisión judicial en particular, y el sistema de representación que los fundadores concibieron en su intento, que resultó en vano, de evitar una guerra civil a propósito de la esclavitud.
Después destacar que el lema tan repetido que expuso Madison en el Federalist Paper número 51 de que “es necesario que la ambición contrarreste la ambición” estaba muy bien como muestra retórica pero no indicaba cómo se podía llevar a la práctica, Dahl mantuvo que los fundadores y muchísimos seguidores suyos se equivocaban al pensar que el orden constitucional estadounidense era el responsable de que sobreviviera la democracia en Estados Unidos. En su opinión, era el carácter pluralista de la sociedad lo que permitía que sobreviviera el orden constitucional.
En un artículo fundamental de 1957, Dahl se centró en la revisión judicial, para afirmar que los datos de que se disponían no apoyaban la idea tradicional de que el Tribunal Supremo protegía los derechos de las minorías. Otros estudios empíricos posteriores han confirmado la afirmación de Dahl. Tanto si nos fijamos en Estados Unidos a lo largo de su historia como en las comparaciones entre distintos países o en democracias que han pasado de no tener el mecanismo de revisión judicial a instituirlo, podemos comprobar que Dahl tiene razón al decir que el peso fundamental recae sobre la democracia, no sobre los tribunales constitucionales. Los dirigentes autoritarios ignoran a jueces y tribunales con impunidad, y el establecimiento de tribunales en las democracias no tiene consecuencias visibles en la protección de las libertades civiles ni los derechos de las minorías. Y a pesar de todo, curiosamente, seguimos insistiendo en que se creen aparatos judiciales independientes para hacer cumplir los derechos en las nuevas democracias.
También han surgido obras importantes a partir de la crítica de las instituciones republicanas que hizo Dahl en Un prefacio a la teoría democrática y otras obras. Una escuela se centra en las consecuencias de multiplicar las instancias con capacidad de veto en las estructuras de gobierno. Los seguidores de Dahl han demostrado que eso no solo inclina la balanza en favor del statu quo, sino también en favor de los que más recursos tienen. Hace falta mucha fuerza para mover a un elefante que no quiere moverse.
Dahl generó también mucha literatura sobre la representación. Su escepticismo sobre la obsesión por complacer a las minorías intensas resiste bien el paso del tiempo. Los detractores de la democracia consociativa y otros programas diseñados para ese fin han demostrado que esa actitud tiende a atrincherar a las partes y a provocar las divisiones y antipatías que pretendían mejorar. A Dahl, en concreto, le preocupaba la excesiva representación de los estados pequeños en el Senado de Estados Unidos, el único elemento de la constitución norteamericana que es imposible enmendar.
Dahl estudió las democracias de todo el mundo, pero solía recurrir a Estados Unidos como punto de referencia. Aunque discrepaba profundamente de Madison en muchos aspectos, pensaba que la mayoría de los errores de los fundadores se debían al reto que había supuesto crear una democracia de gran dimensión por primera vez en la historia, sin las ventajas que hoy tenemos de contar con las pruebas acumuladas y poder juzgar en retrospectiva. A Dahl le satisfizo descubrir que la experiencia política de Madison después de los Federalist Papers le hizo abandonar su antipatía hacia los partidos políticos y, al final, incluso su hostilidad hacia el gobierno de la mayoría. En el epílogo de Dahl a la edición conmemorativa del 50º aniversario de Un prefacio a la teoría democrática, destacaba y valoraba el hecho de que en 1833, tres años antes de morir, Madison declarase que quienes criticaban el gobierno de la mayoría “deben unirse a los defensores declarados de la aristocracia, la oligarquía o la monarquía, o bien buscar una Utopía que muestre una perfecta homogeneidad de intereses, opiniones y sentimientos, como no se ha visto nunca en las comunidades civilizadas”.
Dahl era también decididamente madisoniano en su preocupación por las consecuencias de la desigualdad para la democracia. Así como Madison acabó temiendo que los intereses del dinero que propugnaba Alexander Hamilton a principios de la década de 1790 pudieran destruir el incipiente orden democrático americano, cuando Dahl publicó La igualdad política, en 2006, se preguntaba si las crecientes desigualdades políticas que veía a su alrededor podrían “hundir a algunos países --incluido Estados Unidos-- por debajo del umbral de lo que consideramos ‘democrático’”. Su labor activa de investigación terminó con la publicación de este libro, pero acontecimientos posteriores han demostrado que en ese aspecto, como en tantos otros, las inquietudes de Dahl estaban bien fundadas.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia
Publicado previamente por Foreign Affairs 

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