En la Feria Internacional de Alta Tecnología (Shenzhen-China)

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domingo, 14 de junio de 2015

Luces y sombras de la Democracia Posmoderna

LA POLITÓLOGA CHANTAL MOUFFE REFLEXIONÓ SOBRE LA RELACIÓN ENTRE LOS POPULISMOS LATINOAMERICANOS Y EUROPEOS.

La principal teórica de los populismos analiza el surgimiento de Podemos en España y Syriza en Grecia. Plantea que son “un nuevo tipo de izquierda” y asegura que “éste es un momento fundamental de la política europea”, ya que aparece “una alternativa real al neoliberalismo”.


Descripción: http://www.pagina12.com.ar/commons/imgs/go-gris.gif Por Eduardo Febbro/París/Página 12
Chantal Mouffe y Ernesto LFaclau escribieron la historia antes de que ésta sea una realidad. Ambos, en un ensayo de una lucidez profética publicado en los años ’80, anticiparon y le dieron vida al desarrollo de movimientos políticos que hoy acceden al poder en Europa con esa biblia del pensamiento post marxista que fue Hegemonía y estrategia socialista (1985). Podemos en España y Syriza en Grecia son descendientes de ese pensamiento innovador que supo trazar un camino de acción política de izquierda sin pasar necesariamente por las articulaciones marxistas. Post marxismo, populismo, creación de espacios contra-hegemónicos, radicalización de la democracia figuran en la trama de un pensamiento iluminado que Chantal Mouffe detalla con una pasión y una juventud nada comunes entre los teóricos de la filosofía política. Chantal Mouffe es una fuente de juventud y de repetidos asombros y se entiende muy bien por qué Podemos en España, Syriza en Grecia y varios gobiernos progresistas de América del Sur se refieren a ella. En un planeta tecno-consensual, la exquisitez de un pensamiento político riguroso y transformador, que sobrepasa el mero diagnóstico o la denuncia deprimente, es un oasis frondoso en un desierto de ideas. Chantal Mouffe es politóloga, teórica del agonismo y profesora en la Universidad de Westminster. Hoy es una de las principales conexiones teóricas de Pablo Iglesias e Iñigo Errejón, ambos dirigentes de Podemos en España. Junto con Íñigo Errejón, el Secretario Político de Podemos, Chantal Mouffe acaba de publicar un libro de conversaciones, Construir pueblo, hegemonía y radicalización de la democracia (Icaria Editorial).
Nacida en Bélgica en 1943, compañera de Ernesto Laclau, Chantal Mouffe tiene una obra poderosa donde reactualiza desde hace años las formas de reapropiarse de la democracia. En 1985 escribió con Laclau Hegemonía y estrategia socialista (FCE), una obra mal percibida en aquellos años pero luego reactivada por la originalidad de su postulado y la relectura que de ella hicieron los dirigentes de los movimientos sociales o la dirigencia de Podemos o Syriza. Fue completando su pensamiento con el tiempo y los libros: El retorno de lo político, Paidós (1999), Deconstrucción y pragmatismo, Buenos Aires, Paidós (1998), La paradoja democrática, Editorial Gedisa (2003), En torno a la político, FCE (2007), El desafío de Carl Schmitt, Prometeo Libros (2011), Dimensión de la democracia radical, Prometeo Libros (2012), Agonística. Pensar el mundo políticamente, FCE (2014). Se trata, en el más estricto resumen, de ver los caminos y cómo poner en tela de juicio la aplastante hegemonía liberal construyendo otra democracia desde la actividad de actores políticos renovados, en sus formas y sus planteos. El filósofo argentino Ernesto Laclau no pudo ver del todo la plenitud de sus ideas subiendo los escalones de poder (falleció en 2014). Chantal Mouffe sí. En esta entrevista realizada en París, la politóloga belga habla sobre esa democracia radical y ese populismo de izquierda que nutren la espina dorsal de su pensamiento, define los nuevos caminos de la izquierda, la metodología para crear respuestas contra-hegemónicas. En este torbellino de ideas hoy exitosas, Chantal Mouffe ve al kirchnerismo como “una fuente de inspiración” del prototipo de democracia radical.
–Desde hace ya cierto tiempo hay una crisis en el pensamiento de la llamada izquierda socialista. Como lo expresa con humor el líder de la izquierda radical de Gran Bretaña, Owen James, “el socialismo es para los ricos, el capitalismo para los pobres”.
–Lamentablemente es cierto. El multimillonario Warrenn Bu- ffett decía también: “La lucha de clases existe siempre, pero somos nosotros quienes la ganamos”. El ex primer ministro británico Tony Blair y otros como él decían: “hoy se acabaron los antagonismos, la lucha de clases terminó, podemos tener un consenso en el centro, las diferencias entre el centroizquierda y el centroderecha no existen más, la democracia ha madurado y podemos estar todos de acuerdo”. No es cierto. Ocurrió que la lucha de clases no desapareció, sino que los más pobres ni siquiera están en condiciones de defenderse. Es obvio que en los últimos 30 años las desigualdades aumentaron de forma catastrófica. El libro de Thomas Piketty, El Capital en el Siglo XXI, lo demuestra muy bien. Hoy estamos en una sociedad mucho más desigual que hace tres décadas.
–¿Qué representa en este contexto que usted describe la irrupción, en Europa, de lo que se llaman las izquierdas radicales, sea en Grecia con Syriza, en Francia o en España? ¿Le resulta acertada la definición de “izquierda radical” para esos movimientos que se inscriben con todo en una mecánica de conquista democrática?
–No creo que se pueda hablar de la emergencia de izquierdas radicales porque, de hecho, esa izquierda radical siempre existió. Siempre hubo partidos que se ubicaron a la izquierda de la izquierda. Lo nuevo, ahora, radica en que, con movimientos como Podemos o Syriza, se trata de un nuevo tipo de izquierda. Desde luego, sabemos que Podemos no acepta que lo ubiquen en el eje izquierda/derecha. Pero se trata en todo caso de un nuevo tipo de movimiento. Yo prefiero llamarlo “populismo de izquierda”. Esto es algo totalmente novedoso en Europa donde, hasta ahora, sólo habíamos conocido populismos de derecha. Lamentablemente, la mayoría de los movimientos populistas que están en Europa son de derecha. Sin embargo, en los países del sur de Europa, Grecia y España, surgen los movimientos populistas de izquierda. Estos partidos son muy diferentes de la izquierda radical porque, de hecho, esa izquierda anhelaba la revolución, quería terminar con el sistema democrático liberal y rechazaba la democracia representativa. Ahora bien, tanto Podemos como Syriza son movimientos que no rechazan la democracia representativa y buscan inscribirse en la lucha democrática tradicional. Quieren transformar las relaciones tradicionales del poder de forma fundamental, es decir, se trata de una lucha hegemónica. Podemos y Syriza luchan contra la hegemonía, quieren terminar con la hegemonía del neoliberalismo por medio de la lucha democrática. Es una estrategia de radicalización de la democracia, lo que yo llamo un populismo de izquierda. Esta es la gran diferencia con la izquierda radical que existía antes, la cual no se postulaba como un partido de poder sino de denuncia. En cuanto a los partidos socialdemócratas, o social liberales, estos movimientos no buscan llegar al poder para transformar o poner en tela de juicio la hegemonía neoliberal.
–Podemos dice que no son de izquierda ni de derecha, que estamos en una definición de la fronteras. ¿Argumento válido, retórica o mera estrategia de comunicación electoral?
–Lo que quieren decir es que no aceptan que se los reduzca, que se los sitúe en el eje izquierda/derecha. La tendencia apunta a decir que Podemos y Syriza son la extrema izquierda, pero no es cierto. Yo considero que no se puede abandonar completamente la referencia a la izquierda. La izquierda existe, y hay varias. La izquierda social liberal, la extrema izquierda. Podemos se quiere ubicar como izquierda central, pero la centralidad no significa el centro. Podemos no quiere ubicarse en el centro. Ellos están de acuerdo con la idea de que la política es la redefinición de las fronteras. No dicen que son el centro porque el centro es la negación de las fronteras. Ellos dicen “queremos ocupar la centralidad de tablero, queremos ser una alternativa”. Se trata, en suma, de una estrategia hegemónica que busca disputar la hegemonía neo liberal. Esa alternativa consiste en establecer las fronteras de manera distinta y no entre la izquierda y la derecha. Tienen algo de razón porque hoy la frontera entre izquierda y derecha ya no significa gran cosa debido a que los partidos de izquierda se han desplazado tanto al centro que las diferencias fundamentales desaparecieron entre las políticas de un partido de centroderecha y otro de centroizquierda. Yo prefiero hablar de repensar la izquierda, redefinir la izquierda. La categoría de “populismo de izquierda” tiene un poco esa meta. Claro, Podemos dice con razón que es inadecuado presentarse diciendo “somos un partido populista de izquierda”, eso no funciona en el discurso político. Para mi sí es un partido populista de izquierda porque es un partido que emana de la articulación entre los movimientos sociales y las formas más tradicionales, representativas. En realidad, Podemos es un partido parecido a las extremas izquierdas pero sin el discurso de la revolución y el fin del capitalismo: es un partido que se limita a la lucha electoral. Para mí, y esto es central, el populismo de izquierda es una articulación entre la dimensión vertical y la dimensión horizontal. Podemos y Syriza lo plasman muy bien.
–Se podrá versar mucho sobre la definición semántica, sobre si la izquierda o la derecha existen o no. No obstante, las identidades históricas no han variado fundamentalmente.
–Tiene razón. No soy fetichista y si me proponen otro término que el de izquierda diría que está bien, pero no lo hay. La diferencia con todo se mantiene: la derecha tiende a privilegiar la libertad y la izquierda la igualdad. Si se quiere defender la justicia social, la radicalización de la democracia, eso es lo que yo entiendo por izquierda. Es curioso. En Argentina, por ejemplo, está el kircherismo y está la izquierda. Cuando converso con mis amigos kirchneristas en la Argentina me hablan de “la izquierda”. Yo les digo, ¡pero la izquierda son ustedes! Y pasa lo mismo con Correa en Ecuador. Esto me da vueltas en la cabeza. En América latina, los llamados partidos de izquierda son a menudo muy críticos con las experiencias progresistas. Esa izquierda crítica no entiende la ni la especificidad, ni la importancia de los movimientos populares.
–¿Para usted el kircherismo es un modelo exitoso de esa combinación entre populismo positivo y democracia radical? ¿Ha llegado a construir una nueva hegemonía?
–Para mí, definitivamente sí. No voy a decir que el neoliberalismo ha sido eliminado, pero la definición del movimiento kirchnerista va en ese sentido. Claro que sí. Con todas las dificultades que hay, creo que el modelo kirchnerista es la manera adecuada de actuar. El proyecto kirchnerista es representativo de lo que llamo el populismo de izquierda. Es un modelo, incluso si ese término de modelo no me gusta mucho porque no se trata de una receta. El kirchnerismo es una fuente de inspiración. Tenemos muchas cosas que aprender de él. Para el movimiento progresista europeo es un punto de vista fundamental. Muchos movimientos sociales y de izquierda tienen una actitud negativa frente al Estado. El Estado es visto como un elemento dominador. A menudo alegan que no vale la pena ocupar el Estado, transformarlo. Hay toda una estrategia de la deserción y del éxodo que está ligada a esa idea según la cual el Estado los va a recuperar. Esa postura los lleva a no ocupar puestos institucionales. Y aquí está el acierto de Podemos en España. El partido canalizó una parte del movimiento de los indignados y le dio una eficacia institucional. Sin Podemos el movimiento de los indignados hubiese desaparecido. Y aquí volvemos al kirchnerismo y a otros movimientos de América del Sur: demostraron que el Estado puede contribuir, que no es un enemigo, que el Estado puede servir mucho a la radicalización de la democracia. Estas experiencias latinoamericanas son muy ricas porque trazan otro camino en cuanto al papel del Estado y las posibilidades de transformación. Estas experiencias indican que no hace falta hacer una revolución, ni poner en tela de juicio el modelo democrático. Se puede perfectamente radicalizar la democracia. Para mí, el proceso de radicalización de la democracia es ése: se trata de una lucha inmanente dentro de las instituciones para transformarlas y recalibrar la relación entre democracia y liberalismo. Esa es la identidad de las experiencias políticas de América del sur. Tenemos mucho que aprender de ellas. Podemos se inspiró mucho de esas experiencias. También, si miramos las experiencias de América del Sur constatamos que las experiencias son muy distintas entre lo países, que sea Bolivia, Ecuador o Argentina.
–Pero esas prácticas políticas están unidas por algo tangible.
–Sí, existe una voluntad común de poner en tela de juicio el neoliberalismo y de radicalizar la democracia que responden a formas particulares y según los contextos y tradiciones políticas.
–Muchas de las ideas que usted y Ernesto Laclau postularon hace 30 años están hoy en el centro de esta renovación democrática de las izquierdas populistas. ¿Está usted convencida de que es posible cambiar políticamente las cosas, que nació un espacio para romper políticamente la hegemonía del pensamiento liberal?
–En el libro que escribimos con Ernesto Laclau, Hegemonía y estrategia socialista, lo que destacamos como importante es el tema de la hegemonía. Todo orden social es siempre un orden organizado a partir de varias relaciones de poder, de varias configuraciones del poder. Es lo que se llama un orden hegemónico, y ese orden hegemónico excluye otras posibilidades. No se puede ver la evolución de la historia según la idea marxista del desarrollo de las fuerzas de producción, como si hubiera una línea de la historia que siempre va en la misma dirección. No. Hay un concepto fundamental, que es el de contingencia, es decir, el orden social es siempre el resultado de las intervenciones políticas, o sea, hegemónicas. Por ejemplo, la transformación de la hegemonía socialdemócrata en una hegemonía neoliberal es la consecuencia de una intervención política, hegemónica. Hoy nos dicen que no existe alternativa a ese orden neoliberal porque hay como un orden de la historia y que ese es nuestro destino. No es así. Cuando se pone en tela de juicio la idea de ese orden histórico vemos que el orden neoliberal es el resultado de intervenciones hegemónicas, por consiguiente, podemos imaginar intervenciones contra hegemónicas porque sabemos que siempre hay una alternativa. Cambiar políticamente las cosas es exactamente esto: buscar la transformación hegemónica.
–¿Acaso las experiencias de Podemos en España y Syriza en Grecia pueden abrir una brecha en el imaginario liberal e instaurar una suerte de práctica cultural disidente?
–Sí, claro que sí. Y eso es lo que explica la ferocidad de los ataques de la Unión Europea contra el gobierno griego de Alexis Tsipras. Estamos ante una lucha ideológica, no se trata de un problema económico. Si la Unión Europea quisiera, el problema de Grecia, desde el punto de vista económico, podría resolverse fácilmente. Lamentablemente, las fuerzas neoliberales que dominan la Unión Europea se dan cuenta de que, para ellos, el éxito de un partido como Syriza es muy grave y mortal. El neoliberalismo europeo sostiene que no existe ninguna alternativa, pero, del otro lado, Syriza dice sí, hay una alternativa distinta. Hay una lucha a muerte entre Syriza y el euro liberalismo. Sin dudas, hay una brecha. Creo que, en Europa, por primera vez desde finales de la Segunda Guerra Mundial, tenemos una brecha en el imaginario político. Esa brecha nos muestra algo muy importante, a saber, que siempre hay alternativas. Esto va totalmente en contra de la idea según la cual la historia se desarrolla en una dirección determinada. Por primera vez vemos una lucha política. Aquí hay un auténtico antagonismo entre Syriza y el resto de la Unión Europea. Este caso nos está mostrando que la política no ha muerto. Es un momento fundamental de la política europea.
–Atenas y Madrid, Syriza y Podemos, son dos actores en plena conquista de una hegemonía nueva.
–Ambos están llevando a cabo una lucha contrahegemónica. Ernesto Laclau y yo habíamos definido este proceso de lucha contra la hegemonía como una desarticulación-rearticulación. En realidad, en este terreno de la lucha contra las hegemonías ya no se trata de pensar la transformación en términos de revolución. La lucha hegemónica es lo que Antonio Gramsci llamaba la guerra de posiciones. Se desarticulan las instituciones para luego rearticularlas y, por consiguiente, transformarlas.
–Curiosamente, al menos en Europa, quienes mejor plasmaron esa lucha contrahegemónica han sido los partidos de extrema derecha. En Francia, Marine Le Pen es el ejemplo más exitoso de la reintroducción de una contrahegemonía.
–Sí, pero Marine Le Pen no llegó al poder mientras que en Grecia Syriza tiene el control del Estado. Aún no han llegado del todo a crear otra hegemonía completa, hace falta tiempo para eso. Con todo, reconozco que Marine Le Pen cuenta con un proyecto hegemónico. Lamentablemente, creo que la derecha entendió más rápidamente que la izquierda las enseñanzas de Gramsci. La única que entiende a Gramsci en Francia es Marine Le Pen. Ello logró crear un pueblo.
–En Europa persiste el vicio de calificar de populistas a casi todos los partidos populares que tienen un proyecto soberano y nacional, sobre todo si son de América latina. Usted, en cambio, no aborrece de ese término. El populismo es para usted a la vez una necesidad y una dimensión de la democracia.
–Yo reivindico el populismo. Creo que hay necesariamente una dimensión populista en la democracia. La democracia consiste en construir un pueblo. Ese es para mí el sentido exacto del populismo. No hay que dejarse impresionar por todos aquellos que utilizan el término populismo como un insulto o una acusación de demagogia. No. El populismo es la construcción de un pueblo. Como lo escribe Ernesto Laclau en La Razón Populista, el populismo es un tipo de construcción de la política que construye la frontera entre los de arriba y los de abajo, el pueblo y las elites. Y esto no tiene nada que ver con un contenido particular. Por ejemplo, Perón era populista, pero Hitler también lo fue, lo mismo que Mao Tse-tung. Ello muestra que existen muchas formas de populismo. La pregunta es la siguiente: ¿Cómo construimos el pueblo? Es un elemento fundamental de la democracia. Cuando nos acusan de ser populistas debemos decir “¡claro que sí, somos populistas porque somos demócratas, porque queremos construir un pueblo!” Yo reivindico el populismo siempre y cuando sea un populismo de izquierda: porque queremos construir el pueblo de una manera que permita una radicalización de la democracia. Hay formas de populismo que van a restringir la democracia y otras que la van a ampliar. La única forma de luchar contra el populismo de derecha es mediante un populismo de izquierda. No son los antiguos partidos socialdemócratas convertidos en social liberales quienes van a poder luchar contra Marine Le Pen. Es evidente que, en Grecia, si no hubiese habido Syriza el partido neo nazi Amanecer Dorado habría progresado mucho más. Lo impidió el desarrollo de Syriza.
–Otra idea que la distingue de los demás pensamientos políticos es la de los afectos, la de la pasión. Usted reivindica a ambas como componentes esenciales de la política.
–Sí, esto es esencial. Por eso se critica tanto al populismo. Hay que reconocer la pasión y los afectos que entran en juego en la creación de una identidad colectiva. Uno de los grandes problemas de la izquierda liberal está en que no entiende nada sobre el papel de los afectos porque le tiene miedo a la dimensión afectiva, a las pasiones. Esa izquierda liberal está obnubilada por el tema del nazismo, por el ejemplo de Hitler, que logró suscitar las pasiones. La izquierda liberal cree que sólo la derecha puede proceder así. Por eso le dejan todo el terreno libre y eligen estrategias más racionales. No, al contrario, no hay que dejarle el campo libre a la derecha sino lograr movilizar la dimensión afectiva y las pasiones en una dirección democrática. Esta es para mí una de las características del populismo: reconocer la importancia de crear una dimensión popular a través de la movilización de las emociones afectivas. Por ejemplo, ahora, para Podemos, este tema es una dimensión fundamental. Para los partidos de “la casta” –así los llama Podemos–, o sea, el centroizquierda, el centroderecha, todo lo que pone en tela de juicio su discurso según el cual no hay otra alternativa se vuelve populista. Esta acusación se ha vuelto una manera recurrente de desacreditar cualquier intento de cambio.
–Sin embargo, en Europa, las formas de ese populismo denunciado por los liberales se multiplican, incluso en el seno de esos mismos partidos que las impugnan.
–Hoy estamos en Europa en una situación populista. Creo que hasta podríamos decir que hay en Europa como una cierta latinoamericanización. Digo latinoamericanización en el sentido de que las condiciones actuales en Europa se asemejan a la situación que existía en América latina años atrás. Europa se latinoamericaniza sin tomar lo mejor de las experiencias positivas de América latina. Los europeos tenían muchas cosas buenas para aprender de las experiencias latinoamericanas, de Kirchner, de Correa, etc. Pero lo que hace hoy Europa es latinoamericanizarse de forma negativa. Con la crisis de la socialdemocracia y el desarrollo de cierto tipo de capitalismo financiero nos encontramos en Europa en una situación parecida a la que imperaba en América latina antes de los gobiernos progresistas. Tenemos, por ejemplo, una clase dominante híper oligárquica, cosa que no existía antes en el Viejo Continente. La situación europea de hoy es paradójica. Las masas populares que a través de la socialdemocracia se habían incorporado al sistema democrático fueron expulsadas de allí con el desarrollo del capitalismo financiero. Ha quedado un grupo de súper ricos y luego una gran zona de precarios, de grupos populares expulsados. Ahora tendríamos que proceder al revés: latinoamericanizar Europa siguiendo el ejemplo de la América latina reciente para mostrar que existen medios de luchar contra esas oligarquías a través de los populismos progresistas.
–En este contexto, hay una confrontación en el seno de las democracias occidentales entre los términos de democracia y liberal, entre liberalismo e igualdad. América latina, en algunos puntos de su geografía, parece haber conseguido reequilibrar esa confrontación.
–Sí, absolutamente. Y es una de las razones por las cuales todas las experiencias progresistas latinoamericanas están muy mal vistas en Europa. Toda la prensa europea supuestamente progresista es muy crítica. ¿Por qué? ¿Qué pasa? El modelo occidental es una articulación entre dos principios, el de igualdad y el de libertad. Pero nunca hay una perfecta igualdad, siempre existe un elemento dominante. Hubo momentos en que el elemento liberal fue el más importante, otros en que le tocó al elemento democrático. Pero la situación actual es tal que, a causa de la hegemonía liberal, todo cuanto toca la soberanía popular y la igualdad fue puesto de lado, rechazado. ¡Si hablamos hoy de soberanía popular enseguida dirán que esto es totalmente arcaico! Es a esto lo que yo llamo post-político o post-democrático. Pero, justamente, lo interesante de las experiencias latinoamericanas radica en que recalibraron la relación entre libertad e igualdad, pusieron la cuestión de la igualdad a cargo del timón. En Europa, al contrario, el elemento democrático de la igualdad fue eliminado en beneficio del liberal. Cuando uno habla en Europa con gente de izquierda y cita a América latina como ejemplo, enseguida dicen: “eso no es democracia, eso es populismo”. Y se afirma eso porque el elemento democrático, la soberanía popular, es el elemento dominante.
–¿Cree usted que los partidos nuevos y las sociedades están preparados para llevar a cabo lo que usted llama “la revolución democrática”, es decir, un cambio por medio de la radicalización de la tradición democrática moderna?
–Lamentablemente no. La situación actual es peor que hace tres décadas. Nosotros habíamos propuesto volver a pensar el socialismo a partir de la radicalización de la democracia. Nos dimos cuenta de que la izquierda, tanto la izquierda social demócrata como la marxista comunista, dejaba de lado los nuevos movimientos sociales: el feminismo, los movimientos que defendían el medio ambiente, la lucha por la igualdad de los homosexuales, etc, etc. En realidad, esas nuevas luchas no podían traducirse en términos de clases. Y esa fue la razón por la cual la izquierda, que estaba concentrada en el tema de lo intereses de la clase obrera, no llegaba a integrar esas demandas dentro de su visión. Si entendemos que hay toda una serie de demandas democráticas que son importantes ya no se puede pensar en un proyecto emancipador únicamente en términos de socialismo, si por socialismo se entiende sólo el nivel económico. Es preciso ampliarlo y hablar de radicalización de la democracia. Hoy, lamentablemente, hemos retrocedido. Con el desarrollo del neoliberalismo muchas de las conquistas de la socialdemocracia para la clase obrera fueron cuestionadas. El Estado de bienestar quedó muy dañado al mismo tiempo que toda una serie de derechos que se conquistaron hace 30, 40 años han sido puestos en tela de juicio por el neoliberalismo. Hace 30 años decíamos: hace falta radicalizar la democracia, lo que quiere decir radicalicemos las instituciones del Estado de bienestar, hagamos que sean más sensibles a toda una serie de demandas que excedían el campo económico. Hoy, yo diría que debemos primero recuperar la democracia porque perdimos muchas conquistas. Nuestras sociedades actuales son post democráticas. Continúan presentándose como democráticas pero, en realidad, la mayoría de las decisiones importantes se toman fuera del Parlamento. La democracia es una suerte de fantasma. Por ello debemos recuperar la democracia y, luego, radicalizarla. Estamos entonces en una situación mucho más grave que hace tres décadas.
–En uno de sus libros, Agonística, usted anota que, en el campo político, hay que renunciar a la búsqueda de un modelo sin exclusión y a la esperanza de una sociedad reconciliada y armoniosa.
–Hay que reconocer que es imposible. La política tiene necesariamente que ver con la creación de un nosotros, pero para crear un nosotros obligatoriamente hay que diferenciarlo de un ellos. Además, para crear un consenso siempre debe haber algo exterior a ese consenso. Un consenso sin exclusión es teóricamente impensable. De hecho, la democracia es una dialéctica muy especial: inclusión-exclusión. Siempre hay fronteras, límites. Para incluir hay que excluir. Un mundo de consenso, sin exclusión, es imposible. El tema central consiste en saber cómo se establecerá la relación entre la exclusión y la inclusión. Allí se sitúa la diferencia fundamental entre un populismo de derecha y un populismo de izquierda, o sea, cómo se establecerá la frontera, quienes serán incluidos y quienes no. Por ejemplo, la posición frente a los inmigrados difiere mucho según que uno se sitúe en la línea de la extrema derecha de Marine Le Pen –populismo de derecha– o de la línea de Jean-Luc Mélenchon –populismo de izquierda.
–En suma, la democracia es un modelo teórico inconcluso.
–La democracia estará siempre inconclusa porque nunca podrá haber una realización completa y total de la democracia. Existe de hecho una pluralidad de formas democráticas. Es un modelo que puede aplicarse de forma diferente. Es un error pensar que nuestro modelo occidental de democracia –y en él incluyo a América latina– es transportable a todas partes. Yo defiendo un modelo que podríamos llamar contextualista y no universalista. Hay muchos pensadores de la democracia occidental que consideran que nuestro modelo es el más perfeccionado, el más moral y racional. No estoy de acuerdo con esto. Nuestro modelo de democracia occidental se desarrolló según ciertas condiciones históricas. La idea de la democracia es el poder del pueblo. Pero el ideal democrático puede inscribirse de formas diversas en tradiciones diferentes. Es un error pensar que democratización requiere occidentalización. Este modelo occidental no puede ser impuesto o importado. Es un error gravísimo pensar la democratización del mundo musulmán según nuestras instituciones. Por el contrario, esas sociedades deben encontrar la manera de inscribir el modelo democrático dentro de sus culturas. Ni siquiera dentro de nuestro modelo pluralista democrático puede haber una realización perfecta de la democracia. Además, si llegásemos a la perfección, si tuviéramos instituciones ideales, esa democracia dejaría de ser pluralista y se empezaría a parecer a un sistema totalitario. Me gusta mucho una expresión de Jacques Derrida que dice: “la democracia por venir”. La democracia será siempre algo que estará por venir, imperfecta. Es eso es lo que hace que la democracia esté viva. 

sábado, 6 de junio de 2015

La violencia en el medio

CONVOCATORIA NACIONAL CONTRA EL FEMICIDIO

Por Laura Oszust/ Le Monde diplomatique

Rep ("Rep para todos", Capital intelectual)




En Argentina es asesinada una mujer cada 30 horas víctima de violencia de género. La convocatoria #niunamenos abre las puertas a la reflexión sobre la sociedad y la cultura. En este contexto ¿qué rol cumplen los medios de comunicación ante este tema?

La violencia de género se convirtió en uno de los temas más mediáticos por estos días. La convocatoria #niunamenos, realizada por el colectivo de mujeres periodistas, intelectuales y artistas tuvo mucha repercusión y logró que el tema no sólo esté en agenda pública sino que se establezcan demandas como: la declaración de Emergencia Nacional en Violencia de Género; una inversión seria para el abordaje de la violencia de género; la aplicación de la Ley de Protección Integral a las Mujeres 26.485 sancionada en el año 2009 (1), entre otras. De esta manera, lo que se presentaba sólo como una marcha en contra de la violencia de género, luego entró en la arena política.

Aparte de la visibilidad en las redes sociales hubo un aumento en los espacios dedicados a la temática en la prensa. Pudimos mirar y escuchar a las víctimas en los distintos programas donde eran invitadas para hablar. Conocimos sus historias. Denunciaron su calvario. De allí que podamos afirmar que los medios pudieron ser utilizados como un servicio, en este caso de denuncia, pero ¿qué rol asumen ante esta problemática?
Vergüenza y prejuicio
Como se mencionó anteriormente, se pudo observar un incremento de los testimonios y análisis respecto del femicidio en televisión, gráfica y radio. Es el caso del programa de Fabián Doman (Canal 13), en el cual invitaron a la cantante Laura Miller para contar los episodios de violencia que vivió (y sigue viviendo) con su ex pareja. En el transcurso de su relato una panelista le preguntó: “Circuló una foto tuya con un supuesto nuevo novio, ¿puede ser que esto lo haya enojado más?”. La denunciante se ofendió ante la pregunta, ya que se estaba justificando la violencia. Miller le contestó que la fotografía era vieja y que, además, tenía derecho a rehacer su vida y que eso no justificaba que la golpeen y hostiguen. Pero en primer lugar, apoyó sus argumentos en la antigüedad de la foto, lo cual, de no ser así, en definitiva era una manera de otorgar razones al agresor, tal como lo hizo la panelista.
Esta misma responsabilización de la víctima pudo verse claramente en el caso de Melina Romero, una joven de 17 años que fue asesinada y encontrada en una bolsa de basura el 23 de septiembre en José León Suárez, a la vera del río Reconquista. Metáfora perfecta para el pensamiento del femicida: la mujer es desechable.
Melina fue descripta por los medios como una “fanática de los boliches que abandonó la secundaria”, "se levantaba todos los días al mediodía", "iba a bailar tanto al turno matiné como a la noche, con amigos más grandes", "en su casa nadie le controló jamás sus horarios y más de una vez se peleó con su mamá y desapareció unos días" (2). Es clara la alusión al poco control que tenían los padres sobre la joven, que tenía amigos más grandes y que no estudiaba; lo cual da como resultado que “era obvio que le podía pasar". El estereotipo de ser mujer, joven y de clase baja, habilita a que te condenen a la muerte o que seas, como afirma Ileana Arduino, "la mala víctima" (3). De esta manera, mientras la responsabilidad sea de la mujer, no se habla del culpable.
Otro ejemplo del tratamiento de la violencia de género es el de Showmatch. Desde hace unos años se critica a este programa por cómo cosifica a la mujer, pero igual llama la atención el tratamiento que se le dio a la convocatoria #niunamenos. En el estudio estaba la bailarina Gisela Bernal hablando con Marcelo Tinelli sobre su ex marido, del cual había sufrido violencia física y amenazas de muerte. Bernal termina de contar su historia y Nacha Guevara (quien dijera en los años 90 "Me gusta ser mujer") realiza la difusión de la marcha, a la que se adhiere Tinelli, resaltando cuántas mujeres mueren por día y lo importante de la denuncia. Bernal termina de bailar y pasan a la siguiente pareja, Gladys Florimonte, quien ingresa vestida del personaje "Zulma de Tinelli". Baja por la escalera, todos ríen y Tinelli dice a cámara: "Está más fea que antes". A tan sólo veinte minutos de hablar de la violencia de género, ¿reírse de la supuesta fealdad de una mujer, humillándola frente al público, no lo es?
Todos conocemos los estereotipos o imágenes que tenemos sobre la mujer: no sólo debe estar hermosa y radiante, trabajar, obtener un título, sino que también tiene el deber de ser madre y de tener un marido. Por más que sea legal el matrimonio igualitario, la mujer ES con un hombre.
Si uno piensa que este paradigma machista y patriarcal quedó obsoleto, preguntémonos por qué los creativos siguen produciendo publicidades en las cuales la mujer limpia la cocina, lava la ropa, se encarga del baño (gracias a un producto que inventó un hombre musculoso pero que no se anima a meter la mano en el inodoro), si le duele la cabeza está histérica porque le vino (4) y no puede enfermarse porque debe divertir a sus hijos (5). Los roles están definidos y las maneras de ser también, construidos con prejuicios y escalas de valor, y si no se entra dentro de estos cánones se te excluye, la mujer queda en los márgenes del sistema.
Al no cumplir con estas expectativas, las mujeres son responsables de todo lo malo que les pueda llegar a pasar, son culpables. Estas reglas tienen siglos de historia y consolidación. Las distintas instituciones socializadoras por las que transitamos nuestra vida (familia, escuela, trabajo) reafirman esos valores, que corresponden a un sistema cultural machista. Del mismo modo, los medios de comunicación llevan la reproducción de los estereotipos al extremo, naturalizando ciertos mitos que parecieran antiguos: "la mujer débil físicamente", "la mujer ama de casa", "la mujer sensible/histérica", "la mujer bella". 
Hecha la ley...
La reproducción que realizan los medios es tenida en cuenta por la ley de Protección Integral a la Mujer (26.485/09), en la cual se caracterizan distintos tipos de violencia a la mujer, entre ellas la simbólica: “La que a través de patrones estereotipados, mensajes, valores, íconos o signos transmita y reproduzca dominación, desigualdad y discriminación en las relaciones sociales, naturalizando la subordinación de la mujer en la sociedad” (6); y además la ley establece modalidades de violencia, entre las que encontramos la violencia mediática: “Aquella publicación o difusión de mensajes e imágenes estereotipados a través de cualquier medio masivo de comunicación, que de manera directa o indirecta promueva la explotación de mujeres o sus imágenes, injurie, difame, discrimine, deshonre, humille o atente contra la dignidad de las mujeres, como así también la utilización de mujeres, adolescentes y niñas en mensajes e imágenes pornográficas, legitimando la desigualdad de trato o construya patrones socioculturales reproductores de la desigualdad o generadores de violencia contra las mujeres” (7).

Por lo que se pudo ver en el recorrido de las situaciones mediáticas analizadas todas ellas contribuyen a la generación de estos contenidos, su muestra cotidiana se refleja en que todos escuchamos y hasta dijimos alguna vez que la chica que aparece desnuda en la tele o la revista era una “trola”, una cosa que no piensa y, aunque lo haga, le será vedada toda oportunidad de expresarse seriamente.
Al mismo tiempo, los medios que también prejuzgan y maltratan a la mujer se suman a una convocatoria que intenta proteger a las mujeres. Así de paradójico e hipócrita es el mensaje de los medios de comunicación, pero ellos tienen la obligación de estar presentes, de defender una causa a la que nadie se opondría públicamente.
Los medios siguen naturalizando sus mensajes, noticias, chistes, personajes, y se necesita de la autocrítica para poder transformarlos. Estas contradicciones son las que intentan esclarecer el fenómeno del tratamiento del femicidio, ya que la comunicación no puede ir separada de la cultura construida por su sociedad. Y una sociedad con un sistema de valores machista no puede producir un sistema de medios que no lo sea y, que al tratar este tema, no sea hipócrita.
Sólo una profunda toma de conciencia y autocrítica de la sociedad y de sus medios de comunicación podrían modificar radicalmente esta situación.

1. http://www.infoleg.gov.ar/infolegInternet/anexos/150000-154999/152155/norma.htm

2. "Una fanática de los boliches que abandonó la secundaria", Diario Clarín, 13 de septiembre de 2014.

3. “La mala víctima", Ileana Arduino, Revista Anfibia, septiembre de 2014.

4. Publicidad Ibuevanol Forte "Será porque te vino", donde una chica se queja de distintos hechos del día y un coro de hombres le grita: "Será porque te vino".

5. Publicidad Vick Vitapyrena, donde la mujer engripada le dice a la hija: " Pilar, disculpa, necesito un día de descanso", la nena la mira desilusionada y una voz en off afirma: "Las mamás no tienen días libres".

6. http://www.jus.gob.ar/areas-tematicas/violencia-de-genero/tipos-y-modalidades-de-violencia.aspx

7. Ibídem


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

domingo, 31 de mayo de 2015

América Latina busca salir de la gran desaceleración


Acabado el ‘boom’ de las materias primas, las recetas para volver a crecer con fuerza pasan por dinamizar las economías domésticas de la región.



DAVID MARCIAL PÉREZ El País/México 


Ampliación del canal de Panamá

Durante la década pasada, Latinoamérica ganó un buen número de partidas en el gran juego de vasos comunicantes de la economía global. La región creció con fuerza a lomos del boom de las materias primas. La lluvia de capitales extranjeros sirvió para taponar las viejas grietas en las cuentas públicas. Florecían nuevos puestos de trabajo y el ensanchamiento de una incipiente clase media encarnaba la promesa del fin de la pobreza para más de 150 millones de personas. Pero los vasos han ido cambiado de posición. En 2015 el crecimiento volverá a menguar por quinto año consecutivo hasta quedar por debajo del 1%, según los pronósticos del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI). El argot económico, tan dado a colocar etiquetas con cada cambio de ciclo, ya tiene un nombre para estos tiempos: la Gran Desaceleración.
Ha desaparecido del tablero el maná de las materias primas a precios altos. La gran culpable es China, una de las fichas más potentes del juego. Ha bajado el ritmo de bombeo para su industria y su próxima misión es engordar su mercado interno. La locomotora asiática ya no será la palanca para las exportaciones épicas de años pasados. Mientras, Japón y Europa aún están encontrando el pulso en sus muñecas y parece que la onda expansiva de la revitalización de la economía estadounidense, cada vez más autosuficiente, alcanzará solo a los vecinos más cercanos.

Tres de las primeras potencias de la región –Brasil, Argentina y Venezuela– cerrarán el año en negativo.

El vaso latinoamericano está ahora medio vacío. Las previsiones en el horizonte cercano apenas superan el 2%, una coyuntura que también ha sido bautizada con otra etiqueta: la Nueva Normalidad. Recuperar la senda del crecimiento vigoroso es un camino incierto y lleno de obstáculos. Las fórmulas aplicadas en el pasado dan síntomas de agotamiento. Ya no basta con ser el granero y el pozo petrolífero del mundo. Los analistas coinciden en que será necesario un paso adelante. Complementar sus motores exportadores con nuevos nichos de crecimiento basados en un dinamismo mayor de sus economías domésticas.
Una tarea complicada si por el camino no se logra incluir dentro del sistema a los 130 millones de trabajadores –casi la mitad fuerza laboral de la región– que están en la sombra de la informalidad y reducir la enorme brecha de pobreza y desigualdad. Para cerrar el nuevo círculo de malabares no habrá que perder tampoco de vista el equilibrio de las cuentas públicas y elevar la productividad en el mercado de trabajo. Mejorar y extender el sistema educativo y apostar por la innovación y la tecnología para competir con más habilidad en este mundo de vasos comunicantes.
La nueva brecha Norte/Sur
En el nuevo paisaje, esa nueva normalidad, aparece marcada una línea divisora que atraviesa los 22 millones de kilómetros cuadrados –el 10% del PIB mundial repartido en una treintena de países– de la región. La brecha separa a las economías exportadoras de materias primas de las demás. Las commodities llevan deslizándose por una pendiente desde mediados del año pasado. El petróleo se ha desplomado casi 50%. Los metales han caído otro 20% y los cereales, un 17%. Esta división coincide además con una distribución geopolítica de Norte/Sur. “Se ve una dualidad entre productores, conectados a China, que en su mayoría están en Sudamérica y crecen a tasas más bajas; y no productores, con más peso de las importaciones y conectados con EE UU”, apunta Samuel Pienknagura, economista investigador del Banco Mundial.
Tres de las primeras potencias de la región –Brasil, Argentina y Venezuela– cerrarán el año en negativo. Brasil atraviesa la peor recesión en más de dos décadas, con aumentos de su deuda pública y el crédito atascado. Venezuela caerá un 7% ahogado por su alta dependencia del petróleo, severos problemas de abastecimiento y la inflación más alta del mundo. Y Argentina, el tercer exportador de soja del mundo, vive enfangado en una disputa con sus antiguos acreedores.
En la parte alta de la balanza se coloca México, que pese a su condición de potencia petrolera, supera la media de crecimiento de la región espoleado por el tirón de la demanda de EE UU. Esta misma inercia favorecerá a los países de América Central y Caribe, que aprovecharán también la rebaja en la factura de sus importaciones de crudo (entre tres y cuatro puntos del PIB solo este año, según el FMI), además de recibir a los turistas estadounidenses con los bolsillos cargados de dólares fuertes dispuestos a dejarlos en las playas del Caribe.
Amortiguadores
La recuperación estadounidense y la anunciada subida de tipos por parte de la Reserva Federal –prevista para junio– se traducen también en serios contratiempos. Los seis años de dieta blanda en la política monetaria de EE UU sirvieron de incentivo para el viaje de importantes flujos de capital rumbo a los puertos latinoamericanos con jugosas rentabilidades. Pero el dinero ha empezado a tomar el camino de vuelta y la proverbial susceptibilidad de los inversores se ha traducido en una fuerte volatilidad en gran parte de los mercados de deuda, divisas y renta variable.
Especialmente en las plazas más globalizadas como Brasil y México. “La mejor protección es actuar con mucha anticipación. Los bancos centrales de la región tienen que empezar a subir tipos ellos también para no perder competitividad en sus mercados de bonos y, con ello, reducir la sangría de divisas. Por supuesto, el ajuste tiene que ser mayor en aquellos países que más las bajaron, como México o Chile”, aconseja Alfredo Coutiño, Economista-Jefe de Moody’s Analytics para América Latina.
La fortaleza del dólar ha provocado además que en el baile cambiario la mayoría de las monedas hayan caído unos cuantos escalones –una depreciación en torno a un 20% de media– en lo que va del año. Este abaratamiento puede servir como revulsivo para las exportaciones, pero tiene su reverso tenebroso en la presión al alza de la inflación, uno de los viejos fantasmas del continente.
Cuidar la salud de las cuentas públicas
Pese a las turbulencias que se avecinan, en términos generales, la región presenta unos cimientos robustos. “Con respecto a 1990, las economías latinoamericanas están más protegidas frente a los choques externos. Han aprovechado los años de bonanza para recomponer sus pasivos, pagar desdolarizar su deuda externa, financiar su déficit con flujos de inversión extranjera y acumular reservas”, explica el analista del FMI Hamid Faruqee. Las sacudidas de la crisis financiera de 2008 agitaron las columnas, pero los termómetros más fiables, como la deuda pública y el déficit, se mantienen en niveles contenidos. Solo se acerca al rojo la balanza por cuenta corriente –el equilibrio entre entradas y salidas– de algunos exportadores de materias primas como Colombia (-5%) y Brasil (-3,9%)–.
La región ensanchó la manguera del gasto como medicina ante la última crisis. Pero esa bala parece difícil que pueda volver a utilizarse. “América Latina va a tener que afrontar el inicio del final de la era del dinero barato y abundante”, resume el analista de Moody’s. El peso el gasto público en la región es reducido, en gran medida por los agujeros en los sistemas de recaudación fiscal de la mayoría de los países. La media en Latinoamérica es del 30%, por el 41% de la OCDE.
Inversión en infraestructura y educación
“Hay que invocar más que a la austeridad, a la selectividad. Se trata de que el Estado haga un gasto productivo en capital humano y establecer un entorno para la actividad privada más efectiva, con más incentivos para la innovación. Cada país debe encontrar sus nichos, sus motores domésticos para crecer”, dice Samuel Pienknagura, investigador del Banco Mundial. El apartado de las infraestructuras es una de las vetas. La inversión en este campo ha sido una de las grandes olvidadas –apenas un 3%– durante la época de bonaza.
Industrias pujantes, como la automotriz en México o la textil en Colombia, también marcan el camino. “La clave para salir de la mediocridad está en acelerar reformas que produzcan cambios estructurales profundos para que se conviertan en polos de atracción para la inversión. Entre las reformas de mayor impacto económico están: energética, financiera, fiscal, educativa, y laboral”, apunta Moody’s.
La Comisión Económica para América Latina de las Naciones Unidas (CEPAL) lleva tiempo alertando de que es la región del mundo con un mayor desajuste entre la oferta y la demanda de competencias en el mercado laboral, lo que desencadena a su vez una elevada informalidad. Apostar por mejorar los sistemas educativos significa, por tanto, avanzar hacia un crecimiento más inclusivo, capaz de reducir los niveles de pobreza y desigualdad.
Pese al aumento significativo en los últimos años tanto en inversión como en acceso, el gasto público por un estudiante de secundaria representa el 18% del PIB per cápita, mientras que la media de la OCDE es del 26%. América Latina es la segunda región más desigual del planeta solo superada por África Subsahariana. La batalla contra la pobreza ha registrado estos años un estancamiento tras una tímida mejora en última décadas de los 90 y los 2000 según el CEPAL. El porcentaje de personas con ingresos inferiores al umbral de la pobreza supera el 28% desde hace tres años.


miércoles, 6 de mayo de 2015

Ni Exxon ni General Electric: las 4 empresas más valiosas del mundo son chinas

Ranking de Forbes


YPF es la única argentina. Tenaris y Ternium también están en el ranking, pero bajo el paraguas de Luxemburgo.




Cuatro bancos chinos dominan por primera vez los primeros lugares de la lista Global 2000 de las empresas más valiosas del mundo que publica hoy la revista Forbes, que incluye además 27 compañías españolas y 57 latinoamericanas. YPF, en el puesto 528, es la única argentina en la lista. Sin embargo, aparecen Tenaris (puesto 653) y Ternium (1.541), pero Forbes las ubica como firmas de Luxemburgo, que es donde tienen su sede legal.
La clasificación de Forbes, que combina factores como ingresos, beneficio, activos y valor de mercado, está encabezada por tercer año consecutivo por el banco chino ICBC, mientras que China Construction Bank ocupa el segundo lugar.

Agricultural Bank of China continúa una edición más en el tercer puesto de la clasificación de las 2.000 compañías, seguido esta vez deBank of China, que asciende cuatro posiciones. 
El quinto lugar lo consigue Berkshire Hathaway, la entidad de inversión del magnate Warren Buffett, que desbanca a JPMorgan Chase (el mayor banco de Estados Unidos), este año en el sexto puesto, como la primera empresa estadounidense de la lista. 
Las petroleras Exxon Mobil y PetroChina ocupan los puestos séptimo y octavo, mientras que General Electric y el banco Wells Fargo (los dos estadounidenses) cierran los diez primeros puestos.
En conjunto, las empresas de la lista totalizaron 39 billones de dólares en ingresos, 3 billones en beneficios y 162 billones de dólares en activos, con un valor de mercado en 2015 de 48 billones (un 9 % más), según los expertos de Forbes. 
La clasificación de países la lidera de nuevo Estados Unidos, con 579 empresas, por delante de China, que, con 232 empresas, desbanca por primera vez a Japón en el segundo puesto, con 218 empresas en esta edición. 
En este año China fue el país del mundo que más creció en número de empresas de la lista, lo que según Forbes es una "prueba contundente de su crecimiento continuado".

Las compañías del gigante asiático sumaron 4,6 billones de dólares en ingresos, 473 millones en beneficios, 25 billones en acciones y 6 billones en valor de mercado.

Las empresas asiáticas también lideran la clasificación de las empresas que más fondos han recaudado con sus salidas a bolsa, destacando especialmente el caso de la salida a bolsa del gigante chino del comercio Alibaba, que protagonizó en septiembre el mayor lanzamiento bursátil de la historia al recaudar 25.000 millones de dólares.

En el caso de España, tiene un total de 27 representantes, encabezados de nuevo por el grupo Santander, que aparece en el puesto 31 a nivel global, además de Telefónica (86), BBVA (115), Iberdrola (151),Repsol (218) y Gas Natural Fenosa (275).
También figuran desde Inditex (317), Caixa Bank (330), Mapfre (402), el grupo ACS (435), Bankia (550), Banco de Sabadell (622) o Ferrovial (673), en un grupo de firmas españolas que cierran Liberbank (1.686), Bolsas y Mercados (1.780) y Enagas (1.834).

La empresa latinoamericana que aparece este año como primera en la lista es el banco brasileño Itaú Unibanco (41), después de que la petrolera carioca Petrobras, en el puesto 30 el año pasado, haya descendido casi 400 puestos por su gigantesco escándalo de corrupción.
Con 24 empresas, Brasil el primer país latinoamericano con más miembros en el selecto club, seguido de México, con 13 compañías, encabezadas por el gigante de las telecomunicaciones América Móvil, en el puesto 125, y por delante de Femsa (379), GFNorte (519), Grupo México (556) o Grupo Inbursa (794). 
También aparecen ocho firmas chilenas, lideradas por Falabella (627); cinco colombianas, con Ecopetrol a la cabeza (198); cuatro venezolanas, como la financiera Mercantil Servicios (648); dos peruanas, Credicorp (789) y Banco Continental (1.592), y una argentina, que debuta en la lista con la petrolera YPF (528). 


viernes, 3 de abril de 2015

El presidente que creyó en el diálogo


Rohaní ha buscado el consenso desde el inicio y ha sido claro en sus objetivos.







La llegada de Hasan Rohaní a la presidencia de Irán en el verano de 2013 supuso un alivio para los iraníes y para el mundo. Después de los ocho años de represión interna y provocaciones a la comunidad internacional de Mahmud Adhmadineyad, su predecesor, Rohaní inició su mandato diciendo: “Mi Gobierno va a hacer todo lo posible para fomentar la confianza entre Irán y el resto de los países del mundo”. Durante la media hora que duró su discurso ante el Parlamento no pronunció ni una sola vez la palabra “nuclear”, pero todo el mundo entendió de qué estaba hablando.
Aún no se sabía que diplomáticos iraníes y estadounidenses se estabanreuniendo en secreto en Omán para tantear una salida al conflicto nuclear. Todos los esfuerzos europeos realizados desde que se descubrió el programa atómico secreto de Irán en 2002 habían terminado en un callejón sin salida. Irán tenía claro que sin la participación directa de EE. UU. no se iba a ninguna parte y en Washington, el presidente Barack Obama necesitaba un éxito en política exterior
Rohaní no fue el artífice de las negociaciones, pero su apuesta clara y decidida por el diálogo ha sido clave en que se esté más cerca que nunca de alcanzar un acuerdo con el que poner fin a la la marginación internacional de Irán. Su éxito electoral, ante la competencia de candidatos presuntamente más cercanos al líder supremo, Ali Jamenei, causó tanta sorpresa dentro como fuera del país. Pero a pesar de su sonrisa y su lenguaje moderado, el clérigo que usó la llave como signo de su campaña era y es un hombre del sistema.

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La simplificación a la que con frecuencia recurrimos los medios ha proyectado una imagen sin matices de Irán como una autocracia unipersonal en la que, desde 1989, el ayatolá Jamenei concentra todo el poder. Es cierto que tiene la última palabra en los asuntos de seguridad nacional y política exterior, pero también que no decide aislado en una burbuja. Personalmente, Jamenei tal vez recele tanto de EE. UU. y Occidente como aseguran sus críticos, pero su objetivo es preservar el sistema islámico y eso requiere escuchar a las distintas voces que lo integran y actuar con pragmatismo.
En Rohaní, el líder ha tenido el mejor aliado para esta empresa. Antiguo jefe del equipo negociador durante mandato del reformista Jatamí, el presidente ha utilizado su moderación para atraerse el apoyo de muchos desencantados reformistas y sabido evitar las trampas que le han tendido los ultraconservadores recelosos de cualquier cambio. Desde el principio ha buscado el consenso y ha sido claro con sus objetivos.

Rohaní ha elegido a sus ministros en función de criterios de mérito

También ha ayudado que haya elegido a sus ministros en función de criterios de mérito muy alejados del amiguismo anterior, en especial en el caso de su ministro de Exteriores, Mohammad Javad Zarif a quien encomendó la dirección de las negociaciones nucleares, que hasta entonces recaía en el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional. También ha roto con el tabú que veía con sospecha a los educados en Occidente y, según destacaba recientemente The Economist, su Gobierno tiene más miembros con doctorados en universidades estadounidenses que los de España, Italia, Francia, Alemania, Japón y Rusia juntos.
No es una anécdota. Los responsables conocen los usos internacionales y acuden a las reuniones a negociar, en lugar de a soltar discursos ideológicos como, de acuerdo con el relato de diplomáticos europeos, solía ser el caso con sus predecesores. Pero se trata sobre todo una cuestión de voluntad política. Rohaní ha tenido muy clara su apuesta y también los límites en los que se movía.
Cuando en su primera conferencia de prensa, un periodista le preguntó si contemplaba reanudar relaciones con EE. UU., interrumpidas desde 1980 y el gran tabú de la República Islámica, enumeró tres condiciones: que se comprometiera a no interferir en los asuntos internos de Irán; reconociera todos los derechos de la nación iraní, incluido el derecho a tener un programa nuclear, y pusiera fin “a sus políticas unilaterales y de acoso”. No había nada nuevo en su respuesta, pero cambiaba el tono y el contexto. Para entonces, Teherán ya buscaba una salida al embrollo nuclear que le permitiera no perder la cara.


sábado, 14 de marzo de 2015

El poder real de Estados Unidos


La ‘era americana’ no ha concluido, pero va a experimentar cambios importantes.




En la historia moderna ningún país ha tenido tanto poder militar mundial como los Estados Unidos y, sin embargo, ahora algunos analistas sostienen que este país está siguiendo los pasos de Reino Unido, el último país hegemónico en el mundo que terminó decayendo. Esa analogía histórica, aunque resulta cada vez más popular, es engañosa.





Gran Bretaña nunca fue tan predominante como los EE UU en la actualidad. Desde luego, mantuvo una armada cuyo tamaño equivalía a las dos flotas siguientes combinadas y su imperio, en el que nunca se ponía el sol, gobernó a una cuarta parte de la humanidad, pero había muchas diferencias entre los recursos de poder relativos de la Gran Bretaña imperial y los de los Estados Unidos contemporáneos. Al estallar la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña ocupaba sólo el cuarto puesto entre las grandes potencias en cuanto a personal militar, el cuarto en PIB y el tercero en gasto militar.
El Gobierno del imperio británico dependía en gran parte de tropas locales. De los 8,6 millones de soldados británicos en la Primera Guerra Mundial, casi una tercera parte procedía del imperio de ultramar, por lo que, cuando empezaron a intensificarse los sentimientos nacionalistas, al Gobierno de Londres le resultó cada vez más difícil declarar la guerra en nombre de un imperio.
Cuando se produjo la Segunda Guerra Mundial, la protección del imperio se había vuelto más una carga que un activo. El hecho de que Reino Unido estuviera situado tan cerca de potencias como Alemania y Rusia le resultó aún más grave.
Pese a lo mucho —y poco rigurosamente— que se habla de un “imperio americano”, la realidad es que Estados Unidos no tienen colonias que deban administrar y, por tanto, dispone de una mayor libertad de maniobra que Reino Unido de entonces y, como está rodeado de dos océanos y no tiene vecinos amenazadores, le resulta mucho más fácil protegerse.

El Gobierno del imperio británico dependía en gran parte de tropas locales

Esto último tiene relación con otro problema que plantea la analogía con un país hegemónico mundial: la confusión sobre lo que de verdad significa el término “hegemonía”. Algunos observadores equiparan ese concepto con el de imperialismo, pero EE UU es una prueba clara de que un país hegemónico no ha de tener necesariamente un imperio propiamente dicho. Otros definen la hegemonía como la capacidad para establecer las normas del sistema internacional, pero sigue sin estar claro cuánta influencia en ese proceso debe ejercer el país hegemónico respecto de otras potencias.
Otros más consideran que “hegemonía” es sinónimo de control del mayor número de recursos de poder, pero, conforme a esa definición, no se podía considerar hegemónica a la Gran Bretaña del siglo XIX, que en el apogeo de su poder en 1870 ocupaba el tercer puesto por su PIB (detrás de Estados Unidos y Rusia) y el tercero en gasto militar (detrás de Rusia y Francia), pese a su predominio naval.
De forma similar, quienes hablan de la hegemonía americana a partir de 1945 no tienen en cuenta que la Unión Soviética tuvo un poder militar equiparable al de los EE UU durante más de cuatro decenios. Aunque este último país tenía un poder económico desproporcionado, su margen de maniobra político y militar estaba limitado por el poder soviético.
Algunos analistas califican el período posterior a 1945 de orden jerárquico encabezado por Estados Unidos con características liberales, en el que los EE UU brindaban bienes públicos dentro de un sistema poco rígido de normas e instituciones multilaterales que dejaba voz y voto a otros Estados más débiles. Señalan que para muchos países puede ser racional preservar el marco institucional, aun cuando los recursos de poder de los Estados Unidos decaigan. En ese sentido, el orden internacional encabezado por Estados Unidos podría sobrevivir a la primacía americana en materia de recursos de poder, aunque muchos otros sostienen que el surgimiento de nuevas potencias augura el fin de dicho orden.
Pero, por lo que se refiere a la era de una supuesta hegemonía de los EE UU, siempre ha habido mucha ficción mezclada con la realidad. Más que un orden mundial, fue un grupo de países con una mentalidad similar, la mayoría de ellos situados en el continente americano y en la Europa occidental, que comprendía menos de la mitad del mundo y sus efectos para con los que no eran miembros de él —incluidas potencias importantes como China, India, Indonesia y el bloque soviético— no siempre fueron benignos. En vista de ello, sería más preciso llamar “semihegemonía” la posición de Estados Unidos en el mundo.

Está por ver que los cambios aumenten o no la seguridad y la riqueza globales

Naturalmente, este país mantuvo sin duda el predominio económico a partir de 1945: con la devastación de la Segunda Guerra Mundial en muchos países, EE UU producía la mitad del PIB mundial. Esa situación duró hasta 1970, cuando su participación en el PIB mundial bajó hasta el nivel anterior a la guerra, es decir, la cuarta parte, pero, desde un punto de vista político o militar, el mundo era bipolar, pues el poder de la Unión Soviética era equiparable al de Estados Unidos. De hecho, durante ese período hubo ocasiones en las que este último país no pudo defender sus intereses: la Unión Soviética consiguió armas nucleares, los comunistas conquistaron el poder en China, Cuba y la mitad del Vietnam, la guerra de Corea acabó en punto muerto y las rebeliones de Hungría y Checoslovaquia fueron sofocadas.
Sobre ese telón de fondo, la de primacía parece una descripción más precisa de la desproporcionada (y mensurable) parte de poder correspondiente a un país en las tres clases de recursos: el militar, el económico y el blando. Ahora la cuestión es la de si la era de la supremacía de Estados Unidos está tocando a su fin.
Dada la imprevisibilidad de la evolución de los acontecimientos mundiales, resulta imposible, naturalmente, responder a esa cuestión de forma rotunda. El ascenso de fuerzas transnacionales y actores no estatales, por no hablar de potencias en ascenso como China, indica que se perfilan grandes cambios en el horizonte, pero sigue habíendo razones para creer que, al menos en la primera mitad de este siglo, Estados Unidos conservará su primacía en materia de recursos de poder y sigue desempeñando un papel fundamental en el equilibrio mundial de poder.
En una palabra, si bien la era de la primacía de EE UU no ha concluido, va a experimentar cambios importantes. Lo que está por ver es si esos cambios aumentarán la seguridad y la prosperidad mundiales o no.

Joseph S. Nye es profesor en la Universidad de Harvard, presidente del Consejo del Programa Mundial sobre el Futuro de la Gobernación, del Foro Económico Mundial, y autor de Is the American Century Over? (¿Se ha acabado el siglo americano?).
Traducido del inglés por Carlos Manzano.
© Project Syndicate, 2015.
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