En la Feria Internacional de Alta Tecnología (Shenzhen-China)

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domingo, 7 de septiembre de 2014

Las guerras del fin del mundo




Veinticinco años después de que Fukuyama proclamara el fin de la historia, civilización y barbarie siguen combatiendo en el escenario global. El enemigo es ahora el radicalismo islámico.





FERNANDO VICENTE



Francis Fukuyama publicó en 1989 su famoso artículo sobre el fin de la historia y, en 1992, el libro en que amplió y argumentó su teoría, explicando que, con la desaparición de la Unión Soviética y del comunismo, la democracia no tendría ya en el futuro alternativas de peso e iría poco a poco integrando al mundo en una civilización global de paz y libertad.
¿Quién se atrevería un cuarto de siglo después a sostener una tesis tan optimista? Donde uno vuelva ahora los ojos, la historia está más viva que nunca, las contradicciones y rechazos violentos a la cultura democrática son el signo de la época y ganan terreno por doquier. La URSS y el comunismo han desaparecido para todos los efectos prácticos y los dos últimos Estados comunistas —Cuba y Corea del Norte— son dos antiguallas destinadas a extinguirse más pronto que tarde. Pero Rusia, bajo el liderazgo de Vladímir Putin y su cogollo de antiguos agentes del KGB, resucita como una potencia despótica que desafía a Occidente con éxito y va reconstituyendo su imperio ante un Estados Unidos y una Europa que, con el respaldo de su respectiva opinión pública, protestan y amenazan con sanciones pero no van a ir hoy a la guerra por Ucrania, ya medio devorada por el gigante ruso, ni mañana por los Estados bálticos que serán probablemente el próximo objetivo del nuevo imperialismo ruso.
La primavera árabe, que despertó tantas esperanzas en todo el mundo democrático, está muerta y enterrada. Sobrevive de milagro en Túnez, pero desapareció en Egipto, donde las elecciones libres subieron al poder a unos Hermanos Musulmanes que comenzaron a instalar una teocracia excluyente y agresiva y han sido echados del Gobierno por una dictadura militar vesánica. En Libia, la dictadura paranoica de Gadafi se hizo trizas y su caudillo fue liquidado, pero el país vive ahora en una anarquía sangrienta en la que facciones religiosas y militares se desangran sistemáticamente y en la que, sin duda, terminarán prevaleciendo los fundamentalistas islámicos.
El caso más trágico, sin duda, es el de Irak. La intervención militar destruyó la tiranía sanguinaria de Sadam Husein pero, luego de un breve paréntesis en que pareció que un régimen de legalidad y libertad podía echar raíces, se declaró una guerra sectaria entre chiíes y suníes, y los terroristas de Al Qaeda y otras organizaciones islamistas extremas se hicieron presentes y han perpetrado verdaderas orgías de atrocidades, clima en el que un movimiento aún más cruel y fanatizado que Al Qaeda, el Estado Islámico, se ha apoderado de parte del país al igual que de Siria e instalado allí un nuevo califato, en el que imperan la sharía y demás formas extremas de la barbarie, como decapitar, crucificar y enterrar vivos a quienes se niegan a convertirse a la rama fundamentalista del islam y donde las mujeres son esclavizadas y, aún niñas, entregadas como concubinas a los militantes y futuros mártires.

En los últimos tiempos la causa de la libertad  ha estado perdiendo muchas batallas

El gran movimiento de liberación que se alzó en armas contra la dictadura de Bachar el Asad en Siria, y en la que, en un primer momento, dominaban las fuerzas democráticas y modernizadoras, fue traicionado por los países occidentales, que se bajaron los pantalones ante Putin, proveedor de armas de la dictadura, permitiendo de este modo que los principales protagonistas de la lucha contra El Asad fueran los fanáticos del Estado Islámico. Ahora, la situación en Siria ha llegado a una pantomima grotesca, en que, como la última alternativa es la peor, Estados Unidos y la Unión Europea consideran bombardear a los enemigos del tirano, ya que éste, aunque un asesino genocida de su propio pueblo, resulta un mal menor comparado al califato.
No menos trágica es la situación de Afganistán, donde los talibanes parecen invencibles. Durante su campaña electoral, Obama criticó al presidente Bush, afirmando que éste se había equivocado dando la primera prioridad a Irak, cuando el verdadero peligro para el mundo libre lo constituían los fanáticos talibanes. Y, al subir al poder, aumentó el número de efectivos y de armas para combatirlos. Unos años después, ante el fracaso de este esfuerzo, ha retirado las tropas, al igual que el resto de los países de la OTAN, de modo que allí queda sólo una pequeña dotación militar más bien simbólica y no es improbable que el régimen que prohibió a las mujeres estudiar, ejercer cualquier profesión, las encerró en el hogar como esclavas, restauró la sharía, destruyó el patrimonio cultural del país e instaló una dictadura oscurantista medieval, vuelva al poder más pronto que tarde.
Dentro de semejante barbarie, quién lo hubiera dicho, América Latina parece un ejemplo de civilización. No hay guerras, la mayor parte de los países tienen elecciones más o menos libres y en la mayoría de ellos se practica la convivencia en la diversidad. Pero sería imprudente echar a volar las campanas. La más larga dictadura de la historia del continente, Cuba, está allí todavía, en manos de dos momias que parecen aquejadas de inmortalidad, y, con la excepción del puñadito heroico pero poco efectivo de resistentes, en la isla da la impresión de que no se moviera ni una mosca. Y en Venezuela, donde hace algunos meses la movilización de los estudiantes parecía haberle dado a la oposición una dinámica ganadora, Maduro y compañía parecen haber consolidado por ahora su poder mediante una represión feroz retrasando una vez más la hora de la liberación. El país está en ruinas, pese a la riqueza de su subsuelo, pero la pobreza, el racionamiento, la inflación y la corrupción no son suficientes, como demuestra la historia hasta el cansancio, para traerse abajo una dictadura. Por el contrario, un pueblo sometido a la carestía, la escasez, al miedo y a la mera supervivencia suele volverse más propenso a la resignación y a la pasividad, lo que explica tal vez la longevidad de tantas dictaduras latinoamericanas y africanas.

La primavera árabe que despertó tanta esperanza en el mundo democrático está muerta y enterrada

Esta visión a vuelo de pájaro del estado de la democracia en el mundo se enturbia todavía más si analizamos la profunda crisis que atraviesa la Unión Europea, el más ambicioso proyecto contemporáneo de la cultura de la libertad. La unidad europea ha traído ya enormes beneficios a los países del antiguo continente, entre otros hacerlos vivir el más largo periodo de paz y convivencia de su historia. Pero, en los últimos años, sobre todo a raíz de la crisis económica y financiera, el cuestionamiento de Europa en su propio seno ha crecido con el retorno de los nacionalismos y de fuerzas de extrema izquierda y de extrema derecha que rechazan la Unión, quisieran acabar con el euro y regresar a las viejas nacionalidades. De hecho, la primera fuerza política es hoy, en Francia, el Front National, un partido neofascista que quiere liquidar la moneda única y la integración de Europa. Todas las encuestas dicen que en Reino Unido una mayoría de ciudadanos quiere salirse de la Unión y que el referéndum que, al respecto, ha prometido convocar el Gobierno, lo perderían los europeístas. Sin Reino Unido, Europa nacería baldada.
¿Qué concluir de esta deprimente visión panorámica de la eterna pugna entre la civilización y la barbarie? ¿Que esta última avanza incontenible y terminará por aplastar pronto a aquella? Eso sería tan falso como sostener, ahora, la tesis que lanzó hace un cuarto de siglo Francis Fukuyama sobre la irreversible victoria de la democracia. La pugna sigue en pie, con fluctuantes alternativas, y sólo en un sentido —aunque importantísimo— se puede decir que la democracia gana puntos. A diferencia del comunismo, un mito capaz de seducir a mucha gente con su sueño igualitarista, el fundamentalismo religioso islámico, hoy el principal adversario de la civilización, sólo puede convencer a los ya convencidos, pues sus ideas y paradigmas son tan primitivos y cavernarios que se condena a sí mismo a ser derrotado tarde o temprano por agentes exteriores o por descomposición interna. Esa guerra nunca nadie la ganará de manera definitiva; se ganarán y se perderán batallas, y, eso sí, lo realista sería reconocer que, en los últimos tiempos, la causa de la libertad las ha estado perdiendo muchas más veces que ganando.
Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2014.
© Mario Vargas Llosa, 2014 

domingo, 31 de agosto de 2014

La caída de Francia



Algún líder europeo tiene que oponerse de forma decidida a las políticas de austeridad.




François Hollande, presidente de Francia desde 2012, podría haber aspirado a mucho. Lo eligieron porque prometió alejar al país de las políticas de austeridad que destruyeron la breve e insuficiente recuperación económica de Europa. Dado que la justificación intelectual de estas políticas era débil y pronto se vendría abajo, él podría haber liderado un bloque de naciones que exigiesen un cambio de rumbo. Pero no ha sido así. Una vez en el cargo, Hollande se doblegó rápidamente y cedió por completo a las exigencias de una austeridad aún mayor.
Sin embargo, no se debe afirmar que no tenga ningún carácter. Esta semana ha tomado medidas decisivas, pero desgraciadamente no sobre política económica, a pesar de que las desastrosas consecuencias de la austeridad europea se vuelven más palpables con cada mes que pasa, y hasta Mario Draghi, el presidente del Banco Central Europeo (BCE), está pidiendo un cambio de rumbo. No, toda la fuerza de Hollande se ha centrado en purgar su Gobierno de aquellos que se han atrevido a cuestionar su sumisión a Berlín y Bruselas.
Es un espectáculo extraordinario. Pero para poder apreciarlo del todo hay que comprender dos cosas. La primera, que Europa, en su conjunto, tiene graves problemas. La segunda, que a pesar de ello, en medio de ese desastre generalizado, a Francia le está yendo mucho mejor de lo que podríamos pensar a juzgar por la prensa. Francia no es Grecia; ni siquiera es Italia. Pero se está dejando intimidar como si fuera un caso perdido.

En este momento, a Europa le va peor de lo que le iba en la etapa equivalente de la Gran Depresión

En cuanto a Europa: al igual que Estados Unidos, la eurozona —los 18 países que tienen el euro como moneda común— empezó a recuperarse de la crisis financiera de 2008 a mediados de 2009. Pero tras el estallido de una crisis de deuda en 2010, algunos países europeos se vieron obligados, como condición para conseguir préstamos, a recortar drásticamente el gasto público y subirles los impuestos a las familias trabajadoras. Mientras tanto, Alemania y otros países acreedores no hicieron nada para compensar la tensión bajista, y el BCE, a diferencia de la Reserva Federal o el Banco de Inglaterra, no adoptó medidas extraordinarias para impulsar el gasto privado. Como consecuencia, la recuperación europea se estancó en 2011 y no se ha reanudado verdaderamente.
En este momento, a Europa le va peor de lo que le iba en la etapa equivalente de la Gran Depresión. Y puede que haya noticias aún peores en el futuro, ya que Europa tiene todos los síntomas de estar precipitándose hacia una trampa deflacionaria como la de Japón.
¿Cómo encaja Francia en este panorama? Las noticias describen sistemáticamente a la economía francesa como un desastre disfuncional lastrado por unos impuestos elevados y por las normativas del Gobierno. Por eso, cuando se observan las cifras reales, uno se sorprende un poco ya que no cuadran en absoluto con esa historia. A Francia no le ha ido bien desde 2008 —en concreto, se ha quedado rezagada con respecto a Alemania—, pero el crecimiento general de su PIB ha sido mucho mejor que la media europea, superando no solo a las atribuladas economías del sur de Europa, sino a países acreedores como Holanda. Los resultados franceses en cuanto al empleo tampoco son tan malos. De hecho, los jóvenes adultos tienen muchas más posibilidades de encontrar trabajo en Francia que en Estados Unidos.
La situación de Francia tampoco parece especialmente frágil: no tiene un gran déficit comercial y puede endeudarse a unos tipos de interés históricamente bajos.
¿Por qué, entonces, tiene Francia tan mala prensa? Cuesta no sospechar que existen razones políticas: Francia tiene un sector público muy grande y un Estado de bienestar generoso, lo cual debería conducir al desastre económico según la ideología del libre mercado. Por eso, lo que cuentan las noticias es que es un desastre, aunque no sea lo que dicen las cifras.

Draghi entiende lo mal que están las cosas, pero existe un límite para lo que puede hacer el banco central

Y parece que Hollande, aunque dirija el Partido Socialista francés, se cree estas críticas que tienen una motivación ideológica. Y lo que es peor, ha entrado en un círculo vicioso en el que las políticas de austeridad hacen que el crecimiento se estanque, y este estancamiento del crecimiento se utiliza como prueba de que Francia necesita aún más austeridad.
Es una historia muy triste, y no solo para Francia.
En estos momentos, la economía europea está pasando apuros. Creo que Draghi entiende lo mal que están las cosas, pero existe un límite para lo que puede hacer el banco central y, en cualquier caso, tiene un margen de maniobra reducido a menos que los líderes electos estén dispuestos a cuestionar la ortodoxia que defiende las monedas fuertes y el equilibrio presupuestario. Mientras tanto, Alemania es incorregible. Su respuesta oficial a la reorganización en Francia fue declarar que "no existe contradicción entre consolidación y crecimiento" (nos da igual la experiencia de los cuatro últimos años; seguimos pensando que la austeridad es expansionista).
Por eso, Europa necesita desesperadamente que el líder de una economía importante —una que no atraviese una situación horrible— se levante y diga que la austeridad está acabando con las perspectivas económicas europeas. Hollande podía y debería haber sido ese líder, pero no lo es.
Y si la economía europea sigue estancada o empeora, ¿qué pasará con el proyecto europeo, esa iniciativa a largo plazo para garantizar la paz y la democracia a través de la prosperidad compartida? Al fallarle a Francia, Hollande también le está fallando al conjunto de Europa, y nadie sabe lo mal que podrían ponerse las cosas.
Paul Krugman es profesor de Economía de la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía de 2008.
Traducción de News Clips.
© 2014 The New York Times Service. 

jueves, 28 de agosto de 2014

“Sin sueños, la vida sería sólo un ensayo para la muerte”



Brasil podría estar en vísperas de levantar sin miedo el vuelo hacia caminos nuevos de esperanza.


JUAN ARIAS/EL PAÍS



 

Brasil es un país que difícilmente sabría vivir sin sueños, quizás porque durante demasiado tiempo se los habían frustrado. Y son los jóvenes quienes más están rescatando los sueños perdidos, incluso en la política. A ellos les agradarían las palabras del cantor catalán, Joan Manuel Serrat: “Sin sueños, la vida sería sólo un ensayo para la muerte”. Y los brasileños prefieren ensayarse para la vida.
La neurociencia está demostrando lo que ya nos enseñaban en la Facultad de Psicología de la Universidad de la Sapienza de Roma: si no soñásemos varias veces cada noche, nos volveríamos locos.
Pero, si es cierto que el organismo humano necesita soñar cada noche para sobrevivir, ¿no necesitaremos también de sueños a ojos abiertos para ser felices?
Sacudidos por la muerte trágica del candidato socialista, Eduardo Campos, ha vuelto a resonar en las elecciones brasileñas, la posibilidad de poder soñar también en política.
No es ningún secreto que Brasil, después de unos años de euforia que contagió al mundo, estaba viviendo, antes de la muerte de Campos, un momento de un cierto desencanto político y hasta social.
Los periódicos parecen últimamente boletines de índices negativos en casi todo: en la economía, en el combate a la violencia, en la inflación, en la confianza cada vez menor de los ciudadanos en el futuro, en la corrupción que parece abrazarlo todo, incluso esa joya de la corona y orgullo nacional que fue siempre Petrobrás.

Esfuerzos para humanizar y modernizar la política, que hasta ayer parecían una herejía, empiezan a tomar cuerpo

La esperanza parecía haber empezado a marchitarse y se hablaba de elecciones sin pasión, con profecías de cifras astronómicas de votos de abstención, nulos o blancos.
De repente, el verbo soñar ha sido desempolvado y las elecciones están siendo vividas con nuevo interés incluso fuera de Brasil. El desencanto empieza a dar paso a la sorpresa y a la esperanza. Y el tren del gusto por la política parece haberse puesto de nuevo en marcha.
Incluso candidatos como Dilma Rousseff (PT) y Aecio Neves (PSDB), que podrían ser considerados como representantes de partidos históricamente afianzados, sin excesivas sorpresas en sus programas y en su forma de hacer política, forcejean ahora para presentarse renovados ante los electores. Quieren también ellos aparecer como una novedad.
Para humanizar a Dilma, la Presidenta exigente capaz de hacer llorar a ministros, fue presentada en la televisión cocinándose, desenvuelta y familiar, un plato de espaguetis en el Palacio Presidencial. Y el joven y liberal, Aecio, nieto del histórico Tancredo Neves, se abraza en las calles con favelados y jubilados pobres.
Se diría que los sueños se pasean ahora desenvueltos por los salones de los programas de todos los candidatos. Esos esfuerzos para humanizar y modernizar la política, que hasta ayer parecían una herejía, empiezan a tomar cuerpo. Y es quizás esa posibilidad de poder mezclar realismo con utopía, pragmatismo con sueños, gobernabilidad con nuevas e inéditas formas de participación de la sociedad en la gestión pública, lo que ha dado nueva vida a unas elecciones que parecían arrastrarse sin interés.
Por ello, gane quien gane el pleito electoral, los brasileños no le perdonarán al vencedor que tenga miedo de soñar un Brasil diferente. Y es ya un 70% quién pide que las cosas cambien.
Este país, desde hace años, sorprende al mundo no sólo por su fuerte carga de injusticia social o por sus índices de corrupción política o de violencia, sino también por su gran creatividad, por el forcejeo de la generación joven, incluso la llegada de la sufrida clase C, para decidir sus destinos y reinventarse la vida.

Este país podría ser capaz hoy de demostrar que no existe incompatibilidad entre la realidad concreta de la vida y la capacidad de no renunciar a soñar

Brasil es un país de paradojas en el que conviven discriminación racial junto con una increíble capacidad de pluralismo religioso y de aceptación de los extranjeros y diferentes. En la gran São Paulo, por ejemplo, la mayor metrópolis de América Latina, viven en paz gentes de noventa naciones diferentes.
Ahora, Brasil podría sorprender a un Planeta apático con la política por su capacidad de introducir en ella la fuerza de nuevas utopías ya que las viejas se desvanecieron al hacerse incompatibles con la democracia y las libertades.
Este país podría ser capaz hoy de demostrar que no existe incompatibilidad entre la realidad concreta de la vida y la capacidad de no renunciar a soñar, como ya fue capaz antaño de demostrar que se puede no perder el gusto por la fiesta y la alegría en medio a la amargura y a la tiranía de la pobreza.
Es verdad que aún existen los que siguen considerando difícil conjugar sueños y realidades, algo que les parece un peligro o una fuga. Pero si es cierto que está científicamente probado que soñar es indispensable hasta para nuestra salud mental, debería serlo también en el campo de la política, que es el arte de decidir el tamaño de felicidad de los ciudadanos.
“Vivimos una vida, soñamos con otra, pero la de verdad es la que soñamos”, escribió el crítico literario francés, Jean Guéhemmo, autor deChanger la vie. Cambiemos en su frase, la palabra vida por el vocablo “política” y aparecerá que lo que pude mejorar nuestra vida de ciudadanos no es sólo aquella con la que convivimos, sino más bien la que seguimos soñando.
El gran artista de la lengua portuguesa, el inmortal, Fernando Pessoa, escribió: “Sólo lo que soñamos es lo que somos de verdad, lo demás, por estar ya realizado, pertenece al mundo”.
Existe un pequeño poema del poeta cubano, Aldo J.Méndez, tituladoCuento de los sueños posibles, que en su aparente sencillez infantil encierra una profunda filosofía de nuestros deseos de superación:

Le preguntó una flor a una mariposa
¿Cómo puedo volar muchacha hermosa?
Pues sueña que lo puedes y, despacito,
separa tus raíces poco a poquito.
Luego, si te faltan alas, lanza un suspiro.
Inténtalo, sin miedo, que yo te miro.
Y la flor, convencida, levantó el vuelo
y rozó, sorprendida, un trozo de cielo.

Brasil podría estar en vísperas de intentar volar de nuevo, sin miedo, hacia nuevos caminos de esperanza. Y como dice el poema, el mundo lo está mirando. 

miércoles, 20 de agosto de 2014

La madre de todos los problemas



Todos creemos, según el ángulo que adoptemos para ver las cosas, que nuestros males son el desempleo, la recesión, la inflación, la posible hiperinflación, el default de la deuda pública, los fondos buitre, la falta de dólares, el cepo cambiario, el Rodrigazo siempre cercano, la pobreza, la indigencia, la inseguridad física, la incertidumbre económica, el cierre de empresas, la fuga de capitales, la falta de crédito, las altas tasas de interés, la falta de inversión, la caída del salario real, el mediocre nivel de la escuela y de la educación argentina y una gran cantidad de otros problemas que se agregan a esta larga lista.
Todos estos males, en los que se pone el acento según las distintas orientaciones políticas, no son el origen de nuestros problemas sino la manifestación de un mal mayor, que es el causante último de nuestras desgracias y este mal mayor, bastante desconocido como malo para la población y negado como malo por los políticos, es el déficit fiscal.

Ningún político va a hacer una campaña para conseguir votos basada en la lucha contra el déficit fiscal

El déficit fiscal es la causa de casi todos estos problemas en forma indirecta, pero ningún político va a hacer una campaña para conseguir votos basada en la lucha contra el déficit fiscal. No tiene atractivo popular aun cuando es nuestro principal problema y causa de muchos otros. Entendemos como causa "aquello que lo causado lo es en máximo grado". Como lo explica Aristóteles, si me quemo con el agua caliente de una olla de hierro, no es el agua caliente la que me quema en última instancia, ni la olla de hierro caliente tampoco, sino el fuego que está debajo, que es la verdadera causa de que se hayan calentado la olla y el agua.
Como ejemplo de esta cadena de causas, en nuestro caso la inflación, no es el aumento de precios que realizan los empresarios grandes, medianos o pequeños porque quieren ganar mucho más, como creen muchos funcionarios públicos, sino el impacto de la emisión monetaria que hace que los medios de pago disponibles para la población se expandan más rápido que la producción, con lo cual presionan sobre los precios de los bienes y servicios.
Este proceso de inflar la economía con dinero nominal (llamado "inflación") se produce por la necesidad de financiar, desde el Banco Central, con adelantos transitorios y otros mecanismos de emisión al déficit fiscal del Tesoro, cuando éste gasta mucho más que lo que recauda con los impuestos normales. Lo cual no quiere decir que no podríamos registrar cierto déficit fiscal en algunos períodos, por ejemplo por una crisis causada por factores externos o climáticos como una sequía. Es decir, un déficit podría ocurrir excepcionalmente, pero luego deberíamos volver al equilibrio fiscal o al superávit.

El déficit argentino es permanente y va acumulando deudas y emisión monetaria para cubrirlo

El déficit fiscal como estrategia permanente es desastroso. El problema que tenemos es que el déficit argentino es permanente y va acumulando deudas y emisión monetaria (inflación) para cubrirlo. Cada tanto, se produce una cesación de pagos de la deuda pública (default). Esto último pasa cuando la situación se vuelve insostenible, lo que en los últimos 50 años ha ocurrido varias veces, cada vez más seguido. Es imposible crecer y mejorar la calidad de vida de los argentinos con una política así, tan inconsistente. Por eso la pobreza va aumentando progresivamente, después de haber bajado desde 2003 a 2007.
En el gráfico vemos la evolución del déficit del Tesoro, computando desde 1961 el del Sector Público No Financiero (SPNF) y anteriormente, desde 1865, el de la Administración Nacional.
Como política no deberíamos tener déficit fiscal. Pero si tenemos alguno, no podría pasar de 2% del PBI. Lo medimos en % del PIB para ir reflejando los diferentes niveles de la economía argentina a lo largo del tiempo y observar el peso relativo del déficit respecto de la misma. Hasta 2% de déficit fiscal sobre el PIB es alerta amarilla, hasta 4% alerta naranja y más de 4% alerta roja para nuestro caso.
El déficit esta graficado en negro y los años de equilibrio o superávit en verde. En la historia las marcas verdes son casi imperceptibles. Tenemos un año verde en 1994, pero se debió a que se clasificó como rentas generales la venta de activos del Estado, transformando patrimonio en gasto corriente, lo que no es correcto.
Observamos varios años seguidos en verde en el periodo 2003-2007, donde se registró un superávit fiscal destacable. Si bien fue producto de la fuerte licuación del gasto público que produjo la maxi- devaluación de 2002 de Eduardo Duhalde, el efecto duró el período entero de Néstor Kirchner. En esta etapa de superávit fiscal la economía marchó bien con un PBI que crecía al 9% anual, aprovechando la capacidad instalada lograda en la década del 90, lo que permitió bajar los niveles de pobreza desde el pico de 2002, con una inflación cercana a las tasas internacionales.

 ¿Ahora le echaremos la culpa a los golpes de mercado de todo el desorden económico y fiscal en el que nos hemos ido metiendo progresivamente?

Esa fase se terminó en 2007 y volvimos rápidamente al déficit fiscal. Ahora ya estamos en la etapa de alerta roja, por el gran nivel del mismo que se ubica en el orden del 4% del PBI. Será difícil reordenar la macroeconomía, que está muy rígidamente enmarañada y desequilibrada, con todo tipo de prohibiciones, subsidios cruzados, impuestos distorsivos, controles de todo tipo (precios, cambios, importaciones esenciales).
¿No aprenderemos nunca la lección de la historia? ¿Ahora le echaremos la culpa a "los golpes de mercado" de todo el desorden económico y fiscal en el que nos hemos ido metiendo progresivamente? ¿Será posible hacer una transición ordenada de la presidencia del país en diciembre de 2015 como hizo Sebastián Piñera con Michelle Bachelet en Chile hace poco, aun cuando había grandes diferencias ideológicas entre ellos?
El déficit fiscal permanente es el principal error de la política económica de la Argentina. Desde allí surgen, como de una fuente envenenada, casi todos los demás problemas del país. Debemos erradicarlo por completo, de raíz, definitivamente, para siempre.. 

LA NACION

viernes, 15 de agosto de 2014

Que la oposición no se duerma

Políticas de estado

Por Natalio Botana | LA NACION








Supongamos por un instante que la cuestión de la deuda se solucione en un plazo no mayor a cinco meses, que las negociaciones prosperen y sean vistas como una oportunidad para encarar un replanteo de la gobernanza internacional en materia financiera. Sería una suerte de mundo feliz para un gobierno que siempre ha creído que las apuestas dicotómicas del todo o nada rinden, al cabo, buenos frutos.

En general, esa clase de ensoñaciones se borran rápidamente porque, aun en la utópica circunstancia de una victoria nacionalista contra los enemigos de afuera, nuestro país real permanecería condicionado por un conjunto de fallas estructurales que lo empantanan y le impiden recuperar aliento. En la Argentina de estos días, la palabra "desarrollo" suena a proyecto, a un argumento que no coincide con la realidad de las cosas y con el impacto de una economía estancada, con pérdida de empleo, debilidad fiscal, carencia de infraestructura, inflación creciente y, por tanto degradación del ingreso en los sectores más pobres y vulnerables: el desempleo estructural encubierto por subsidios se acopla pues a la pobreza estructural en una sociedad que acentúa las relaciones de desigualdad.
Todo esto se oculta tras discursos y propaganda organizada desde el poder; pero lo que no puede ocultarse es la erosión sostenida de una población que no logra recuperar el resorte de la integración y el ascenso. Estas carencias deberían inspirar, en los rangos de la oposición, un gran debate en torno a las metas y a los medios conducentes para recuperar el terreno perdido.
¿Por qué aludimos a las oposiciones a la luz de la proliferación de candidaturas? Simplemente porque no es por ahora del todo seguro que en ese conglomerado recaiga en un futuro próximo la responsabilidad del gobierno. Las oposiciones deben ganarse ese laurel. Todavía no lo han hecho mientras el oficialismo especula con que aún podría conservar restos del poder adquirido mediante el triunfo de un candidato más o menos adicto.
Si fracasa en este empeño, la Constitución podría jugar a su favor porque habilita a un presidente con dos mandatos cumplidos a competir de nuevo luego de un período intermedio de cuatro años. Hace un par de décadas a este arreglo lo bauticé "el resuello": un sistema de reeleccionismo atenuado que opera en función de que el presidente saliente conserve una reserva de poder electoral y el presidente electo afronte una gestión difícil derivada de problemas candentes y soluciones postergadas.
El fracaso de estas acechanzas depende de la capacidad de los candidatos opositores para convencer a la opinión pública (cosa por demás sabida) y para ofrecer salidas a un creciente bloqueo de gobernabilidad. Acaso en este último punto resida uno de nuestros mayores desafíos: reimplantar los cimientos de la estabilidad económica y converger alrededor de un repertorio de políticas de desarrollo. ¿Es posible, en efecto, recuperar en la Argentina el dinamismo de la sociedad civil para recrear, con bases materiales asentadas en la inversión y en la clave de las mutaciones tecnológicas de alcance planetario, otra nueva civilización del trabajo?
Esta pregunta lleva implícita la grave cuestión no resuelta de la selección de los medios en la acción política. Hace treinta años sabíamos que en una democracia los medios por excelencia para representar a la ciudadanía y gobernarse en consecuencia eran los partidos políticos. Hoy, en cambio, apostamos a tientas por candidaturas que se arman rápidamente frente a la desarticulación y fragmentación de los partidos.
Si no se pone algún límite a este proceso no es descabellado imaginar que esta desarticulación se traslade al Congreso una vez que se haya apagado el férreo verticalismo que el Poder Ejecutivo impone a los bloques mayoritarios. De ser así el péndulo argentino, que oscila entre los extremos de la hegemonía y el faccionalismo con su carga de ingobernabilidad, volvería a inclinarse sobre este último lado. Ya hay signos ominosos al respecto.
Un panorama de este tipo no satisfaría a nadie salvo a los que restañan las heridas del fracaso y especulan con tomar revancha. Convendría por consiguiente poner manos a la obra desde ahora mismo y seguir trabajando en el diseño de políticas de larga duración que nos permitan superar ese péndulo que sigue girando en medio de extendidas frustraciones. Hacen falta ofertas convincentes en cuya factura concurran partidos y candidatos como, por ejemplo, las propuestas comunes de ex ministros y secretarios de energía que ha firmado el arco opositor. Los espacios en formación (Massa y peronismo disidente, macrismo y UNEN) deberían encarar esta tarea urgente.
El reto de la visión programática de la política se agiganta porque las reglas y los cronogramas vigentes nos proponen un intenso ritmo electoral de carácter escalonado, que habrá de cubrir todo el próximo año. El torneo comenzará con elecciones en varias provincias y seguirá con las PASO en agosto, para afrontar de inmediato, en apenas un par de meses, los comicios definitivos de octubre, sin descontar un ballottage probable al mes siguiente. Al término de esa carrera, el poder se entregaría en pocos días más, el 10 de diciembre. La escena aparenta un embudo: un heterogéneo grupo de candidatos se irá desgranando con sucesivos descartes a medida que esos aspirantes vayan sorteando las pruebas electorales que acabamos de enumerar.
Pese a las dificultades que ofrecen las PASO -unos comicios primarios que no permiten combinar los candidatos ganadores con los perdedores, como, por ejemplo, ocurre en Uruguay-, éstas configuran un régimen propicio para clarificar las opciones aunque prácticamente no dan tiempo a los ganadores dentro de un espacio para presentar sus propuestas en la campaña electoral definitiva entre agosto y octubre. Debido a estas reglas, los más favorecidos serán los candidatos que logren concitar apoyos antes de que se pongan en marcha estos mecanismos electorales tan complejos en su diseño como intensos en su trámite.
El encuadre jurídico de las PASO puede producir, entonces, efectos imprevisibles: lo que se había pensado como una norma inteligente para robustecer la democracia de partidos a través de comicios primarios y obligatorios podría convertirse en un vehículo para ratificar e impulsar la democracia de candidaturas. Antes, ahora y después, la lucha se traba entre candidatos exitosos, apuntalados en la gestión o en triunfos electorales como los recientes del año pasado, a los cuales los expertos y las encuestas "instalan" en la opinión pública.
Es una carrera para atrapar la transmisión de la imagen que mejor calce con las demandas de la población, lanzando consignas amplias contra fallas lacerantes -inflación, inseguridad, corrupción- sin reparar en el análisis de los medios aplicables a tales fines. Por este motivo, los proyectos de políticas públicas y desarrollo -dato positivo- se generan en otro circuito fuera del ámbito de los partidos, como si las deliberaciones y los consensos sobre temas sustantivos se les escaparan de las manos.
Los partidos, los pocos que quedan, deberían quizá tomar nota de esos encuadres, de sus efectos y estilos, y de los asuntos pendientes en materia de gobernabilidad. Pasar de una democracia electoral a una democracia institucional que conjugue el cambio y la alternancia con la duración de las políticas de Estado: de eso se trata.. 

domingo, 10 de agosto de 2014

Entre los escombros



Los radicales de Hamás salen fortalecidos tras los ataques de Israel gracias al rencor, el odio y la sed de venganza que la población de Gaza sentirá después de esta lluvia de muerte y destrucción.




 



Escribo este artículo al segundo día del alto el fuego en Gaza. Los tanques israelíes se han retirado de la Franja, han cesado los bombardeos y el lanzamiento de cohetes, y ambas partes negocian en El Cairo una extensión de la tregua y un acuerdo de largo alcance que asegure la paz entre los adversarios. Lo primero es posible, sin duda, sobre todo ahora que Benjamín Netanyahu se ha declarado satisfecho —“misión cumplida” ha dicho— con los resultados del mes de guerra contra los gazatíes, pero lo segundo —una paz definitiva entre Israel y Palestina— es por el momento una pura quimera.
El balance de esta guerra de cuatro semanas es (hasta ahora) el siguiente: 1.867 palestinos muertos (entre ellos 427 niños) y 9.563 heridos, medio millón de desplazados y unas 5.000 viviendas arrasadas. Israel perdió 64 militares y 3 civiles y los terroristas de Hamás lanzaron sobre su territorio 3.356 cohetes, de los cuales 578 fueron interceptados por su sistema de defensa y los demás causaron solo daños materiales.
Nadie puede negarle a Israel el derecho de defensa contra una organización terrorista que amenaza su existencia, pero sí cabe preguntarse si una carnicería semejante contra una población civil, y la voladura de escuelas, hospitales, mezquitas, locales donde la ONU acogía refugiados, es tolerable dentro de límites civilizados. Semejante matanza y destrucción indiscriminada, además, se abate contra la población de un rectángulo de 360 kilómetros cuadrados al que Israel desde que le impuso, en 2006, un bloqueo por mar, aire y tierra, tiene ya sometido a una lenta asfixia, impidiéndole importar y exportar, pescar, recibir ayuda y, en resumidas cuentas, privándola cada día de las más elementales condiciones de supervivencia. No hablo de oídas; he estado dos veces en Gaza y he visto con mis propios ojos el hacinamiento, la miseria indescriptible y la desesperación con que se vive dentro de esa ratonera.

El conflicto puede extenderse a todo el Oriente Próximo y provocar un cataclismo

La razón de ser oficial de la invasión de Gaza era proteger a la sociedad israelí destruyendo a Hamás. ¿Se ha conseguido con la eliminación de los 32 túneles que el Tsahal capturó y deshizo? Netanyahu dice que sí pero él sabe muy bien que miente y que, por el contrario, en vez de apartar definitivamente a la sociedad civil de Gaza de la organización terrorista, esta guerra va a devolverle el apoyo de los gazatíes que Hamás estaba perdiendo a pasos agigantados por su fracaso en el gobierno de la Franja y su fanatismo demencial, lo que lo llevó a unirse a Al Fatah, su enemigo mortal, aceptando no tener un solo representante en los Gobiernos de Palestina y de Gaza e incluso admitiendo el principio del reconocimiento de Israel que le había exigido Mahmud Abbas, el presidente de la Autoridad Nacional Palestina. Por desgracia, el desfalleciente Hamás sale revigorizado de esta tragedia, con el rencor, el odio y la sed de venganza que la diezmada población de Gaza sentirá luego de esta lluvia de muerte y destrucción que ha padecido durante estas últimas cuatro semanas. El espectáculo de los niños despanzurrados y las madres enloquecidas de dolor escarbando las ruinas, así como el de las escuelas y las clínicas voladas en pedazos —“un ultraje moral y un acto criminal”, según el secretario general de la ONU Ban Ki-Moon— no va a reducir sino multiplicar el número de fanáticos que quieren desaparecer a Israel.
Lo más terrible de esta guerra es que no resuelve sino agrava el conflicto palestino-israelí y es sólo una secuencia más en una cadena interminable de actos terroristas y enfrentamientos armados que, a la corta o a la larga, pueden extenderse a todo el Oriente Próximo y provocar un verdadero cataclismo.
El Gobierno israelí, desde los tiempos de Ariel Sharon, está convencido de que no hay negociación posible con los palestinos y que, por tanto, la única paz alcanzable es la que impondrá Israel por medio de la fuerza. Por eso, aunque haga rituales declaraciones a favor del principio de los dos Estados, Netanyahu ha saboteado sistemáticamente todos los intentos de negociación, como ocurrió con las conversaciones que se empeñaron en auspiciar el presidente Obama y el secretario de Estado, John Kerry, apenas este asumió su ministerio, en abril del año pasado. Y por eso apoya, a veces con sigilo, y a veces con matonería, la multiplicación de los asentamientos ilegales que han convertido a Cisjordania, el territorio que en teoría ocuparía el Estado palestino, en un queso gruyère.
Esta política tiene, por desgracia, un apoyo muy grande entre el electorado israelí, en el que aquel sector moderado, pragmático y profundamente democrático (el de Peace Now, Paz Ahora) que defendía la resolución pacífica del conflicto mediante unas negociaciones auténticas, se ha ido encogiendo hasta convertirse en una minoría casi sin influencia en las políticas del Estado. Es verdad que allí están, todavía, haciendo oír sus voces, gentes como David Grossman, Amos Oz, A. B. Yehoshúa, Gideon Levy, Etgar Keret y muchos otros, salvando el honor de Israel con sus tomas de posición y sus protestas, pero lo cierto es que cada vez son menos y que cada vez tienen menos eco en una opinión pública que se ha ido volviendo cada vez más extremista y autoritaria. (Es sabido que en su propio Gobierno, Netanyahu tiene ministros como Avigdor Lieberman, que lo consideran un blando y amenazan con retirarle el apoyo de sus partidos si no castiga con más dureza al enemigo). Cegados por la indiscutible superioridad militar de Israel sobre todos sus vecinos, y en especial, Palestina, han llegado a creer que salvajismos como el de Gaza garantizan la seguridad de Israel.

Los bombardeos contra la población civil de Gaza han tenido en el mundo entero un efecto terrible

La verdad es exactamente la contraria. Aunque gane todas las guerras, Israel es cada vez más débil, porque ha perdido toda aquella credencial de país heroico y democrático, que convirtió los desiertos en vergeles y fue capaz de asimilar en un sistema libre y multicultural a gentes venidas de todas las regiones, lenguas y costumbres, y asumido cada vez más la imagen de un Estado dominador y prepotente, colonialista, insensible a las exhortaciones y llamados de las organizaciones internacionales y confiado sólo en el apoyo automático de los Estados Unidos y en su propia potencia militar. La sociedad israelí no puede imaginar, en su ensimismamiento político, el terrible efecto que han tenido en el mundo entero las imágenes de los bombardeos contra la población civil de Gaza, la de los niños despedazados y la de las ciudades convertidas en escombros y cómo todo ello va convirtiéndolo de país víctima en país victimario.
La solución del conflicto Israel-Palestina no vendrá de acciones militares sino de una negociación política. Lo ha dicho, con argumentos muy lúcidos, Shlomo Ben Ami, que fue ministro de Asuntos Exteriores de Israel precisamente cuando las negociaciones con Palestina —en Washington y Taba en los años 2000 y 2001— estuvieron a punto de dar frutos. (Lo impidió la insensata negativa de Arafat de aceptar las grandes concesiones que había hecho Israel). En su artículo La trampa de Gaza (EL PAÍS, 30 de julio de 2014) afirma que “la continuidad del conflicto palestino debilita las bases morales de Israel y su posición internacional” y que “el desafío para Israel es vincular su táctica militar y su diplomacia con una meta política claramente definida”.
Ojalá voces sensatas y lúcidas como las de Shlomo Ben Ami terminen por ser escuchadas en Israel. Y ojalá la comunidad internacional actúe con más energía en el futuro para impedir atrocidades como la que acaba de sufrir Gaza. Para Occidente lo ocurrido con el Holocausto judío en el siglo XX fue una mancha de horror y de vergüenza. Que no lo sea en el siglo XXI la agonía del pueblo palestino.
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